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En su libro anticatólico «La Bible amusante» (La Biblia divertida), Taxil señalaba con ironía lo que consideraba las incoherencias, los errores y las falsas creencias presentadas en la Biblia. La primera versión de «La Biblia divertida» (unas 400 páginas) fue ilustrada por Frid’Rick y publicada en 1882 por la «Librairie anticléricale» de París. Una versión ampliada de «La Bible amusante» — la edición completa de 1903-1904, 814 páginas con 400 ilustraciones de Frid’Rick — fue publicada por la «Librairie P. Fort» de París. La versión ampliada se abría con la carta pública de Taxil dirigida al papa León XIII y, como anunciaba su portada, daba las citas textuales de la Sagrada Escritura junto con las refutaciones opuestas por Voltaire, Fréret, lord Bolingbroke, Toland y otros críticos.

The Amusing Bible • Spanish
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Leo Taxil – La Biblia divertida – HTML / EPUB / 52 MB

 

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Version 2026-09-16


Léo Taxil - La Biblia divertida


Dando las citas textuales de la Sagrada Escritura y reproduciendo todas las refutaciones opuestas por Voltaire, Fréret, lord Bolingbroke, Toland & otros críticos.

Edición completa de 1903-1904
París, Librairie P. Fort, 19, rue du Temple, 19


Viñeta del título: los personajes de la Biblia leen La Biblia divertida


Índice


Acerca de Léo Taxil

Dedicatoria al Santo Padre Infalible

1. La creación y el paraíso terrenal

2. Breve historia de los primeros hombres

3. Los ángeles en concubinato en la tierra

4. Ahogamiento general de la humanidad

5. Feliz vida de un patriarca bienamado

6. Una familia consagrada a la multiplicación

7. Moisés y el viaje de cuarenta años

8. Las hazañas de Josué y de Gedeón

9. Los jueces Jefté y Sansón

10. Suave idilio de la bella Rut

11. Historia de Samuel antes de la realeza

12. Saúl, primer rey, y su rival David

13. Glorioso reinado de S. M. Salomón

14. Los dos reinos: Israel y Judá

15. Durante y después de la cautividad

Tabla de concordancia


Acerca de Léo Taxil


Léo Taxil es el seudónimo de Marie Joseph Gabriel Antoine Jogand-Pagès (Marsella, 21 de marzo de 1854 – Sceaux, 31 de marzo de 1907), periodista y escritor francés que sigue siendo célebre por su sátira anticlerical y por una de las mistificaciones más audaces del siglo XIX. Nació en una familia católica y monárquica: su padre, ferretero vinculado a la Mission de France de los jesuitas, pretendía hacer de él un pilar de sacristía. El niño fue instruido primero con los Hermanos Maristas, luego como interno en un colegio de jesuitas. A los catorce años rompió con la religión bajo la influencia de La Lanterne, el periódico clandestino de Henri Rochefort, intentó huir a Bruselas para reunirse con Rochefort en el exilio y fue detenido por los gendarmes en Barrême. Su padre lo hizo entonces internar dos meses en la colonia penitenciaria de Mettray, donde, según sus propias palabras, juró odio eterno a la religión. Después fue expulsado del liceo Thiers por haber encabezado revueltas de alumnos.

El mistificador se reveló temprano. En 1873 persuadió a Marsella, entonces en estado de sitio, de que su puerto estaba infestado de tiburones: unas cartas firmadas por pescadores imaginarios decidieron al comandante militar a enviar un remolcador con cien hombres, que no encontraron nada. Poco después, en Ginebra, anunció una ciudad romana sumergida en el lago Lemán, con un foro y una estatua ecuestre que un arqueólogo polaco afirmó haber distinguido, y vino gente de toda Europa a verla. Su propio seudónimo es una broma: Léo, de Leónidas, un antepasado materno, y Taxil, de Taxiles, el rey indio aliado de Alejandro Magno.

En 1878 se estableció en París y fundó la Librairie anti-cléricale, con los periódicos L’Anti-Clérical y La République anti-cléricale. En 1879 compareció ante el tribunal de jurados del Sena por su folleto À bas la calotte!, acusado de ultraje a una religión reconocida por el Estado y de ultraje a las buenas costumbres, y fue absuelto. En 1881 se hizo iniciar en la logia masónica Le Temple des Amis de l’Honneur français, de la que fue expulsado al año siguiente, ya en el primer grado.

En La Biblia divertida y en su obra gemela consagrada al Nuevo Testamento, La Vie de Jésus, señalaba, con pesada ironía, lo que tenía por las contradicciones, los errores y los absurdos de la Escritura; la primera edición de La Biblia divertida, unas 400 páginas ilustradas por Frid’Rick, apareció en 1882 en su propia Librairie anti-cléricale. Obras como Les Pornographes sacrés o Les Maîtresses du Pape pintaban a los jefes de la Iglesia como libertinos a la manera del marqués de Sade. La empresa no duró: en 1884 la Librairie quebró, y los informes de policía de ese año lo describen en la miseria.

El 20 de abril de 1884, el papa León XIII publicó la encíclica Humanum Genus, que dividía al género humano en «dos campos distintos y opuestos»: el reino de Dios en la tierra, la verdadera Iglesia de Jesucristo, y el reino de Satanás, cuyos partidarios eran «conducidos o ayudados» por la francmasonería. El papa daba a los obispos como primera regla la de «arrancar su máscara a la francmasonería y mostrarla tal como es».

Taxil respondió al llamamiento. En julio de 1885 publicó una retractación de su librepensamiento en su propia République anti-cléricale; en septiembre se confesó y fue reintegrado en la Iglesia; en 1886 hizo una peregrinación a Roma y recibió la absolución; y en 1887, por mediación del nuncio monseñor Rotelli, León XIII lo recibió en audiencia privada. Desautorizó sus obras anteriores y prometió reparar el mal que había hecho a la verdadera fe.

El converso volvió su pluma contra la francmasonería, con la misma vehemencia y los mismos procedimientos. Les Frères Trois-Points (1886) y Les Mystères de la franc-maçonnerie (1887) ofrecían falsos testimonios oculares sobre el culto al diablo en las logias y ponían en escena a Sophie Walder, que atravesaba las paredes y poseía una serpiente que escribía profecías sobre su espalda con la punta de la cola. Los libros se vendían: en 1889 compró el castillo de Sévignac, en el País Vasco. A partir de 1892 publicó el periódico La France chrétienne antimaçonnique con Abel Clarin de la Rive.

De noviembre de 1892 a marzo de 1895, en entregas mensuales firmadas «Dr Bataille» y redactadas con el médico Charles Hacks, Le Diable au XIXe siècle (El Diablo en el siglo XIX) reveló el «paladismo», una francmasonería luciferina inventada por Taxil, y a su gran sacerdotisa Diana Vaughan, pretendida descendiente del alquimista rosacruz Thomas Vaughan. Diana viajaba de planeta en planeta y frecuentaba demonios encarnados, uno de los cuales tocaba el piano en forma de cocodrilo. En marzo de 1895 recibió una revista propia, Le Palladium régénéré et libre. Tras tres números se convirtió, el día en que dejó escapar una palabra de admiración por Juana de Arco, cuyo nombre puso en fuga a los demonios; a partir de julio de 1895 aparecieron, por entregas, sus Mémoires d’une ex-palladiste. Bajo su nombre, Taxil publicó también una Neuvaine eucharistique (Novena eucarística), y Roma se mostró benévola: el cardenal Parocchi le escribió, y en septiembre de 1896 la revista jesuita Civiltà Cattolica bendijo a «la noble Diana Vaughan».

El papa, por su parte, reprendió al obispo de Charleston, que había calificado esas confesiones antimasónicas de superchería, y envió su bendición al primer congreso antimasónico internacional, reunido en Trento en septiembre de 1896 en presencia de treinta y seis obispos, donde Taxil tomó la palabra. Fue también en Trento donde las dudas estallaron a plena luz: el congreso nombró una comisión encargada de establecer si Diana Vaughan existía, y reclamó su partida de nacimiento y un certificado de comunión firmado por un sacerdote. En enero de 1897, el periodista Pierre Lautier, que había afirmado haberla conocido, retiró su testimonio.

Taxil prometió por fin presentarla en una conferencia, el lunes de Pascua 19 de abril de 1897, en la gran sala de la Sociedad de Geografía, en París. Ante periodistas de varios países, numerosos sacerdotes y religiosos, librepensadores, francmasones y representantes del papa y del arzobispado de París, habló dos horas, blandió sus cartas del Vaticano y anunció que Diana Vaughan no era más que una mistificación entre otras: una farsa mantenida durante doce años para poner al desnudo la credulidad de la Iglesia católica romana. Dio las gracias a los obispos y a la prensa católica por la ayuda que habían prestado a su mistificación suprema, su propia conversión, y reveló que Diana Vaughan era una mecanógrafa, representante en París de una casa americana de máquinas de escribir, que le había prestado su nombre riendo y se había divertido mucho manteniendo correspondencia con cardenales y con el secretario particular del papa. Los tiburones y la ciudad sumergida, dijo, habían sido los comienzos de una larga carrera.

La concurrencia acogió estas revelaciones con risas, algunos con indignación y silbidos; un sacerdote que se subió a una silla para replicar fue abucheado, el tumulto degeneró en pugilato, y Taxil tuvo que abandonar la sala bajo la protección de la policía. Su confesión apareció íntegramente en Le Frondeur del 25 de abril de 1897 bajo el título Douze ans sous la bannière de l’Église (Doce años bajo la bandera de la Iglesia), y Clarin de la Rive, que había defendido a Diana, se retractó públicamente el mismo mes. Roma no respondió nada; no hacía falta sentencia alguna, pues el apóstata público quedaba excomulgado de pleno derecho. La furia vino de la prensa católica, que lo había celebrado durante doce años y ahora lo denunciaba como un estafador.

Nada de todo esto turbó a Taxil. A partir de 1897, una edición aumentada de La Biblia divertida, unas 814 páginas con 400 ilustraciones numeradas de Frid’Rick, volvió a ponerse a la venta; la edición completa de 1903-1904 apareció en la Librairie P. Fort, 19 rue du Temple, en París. Se abría con la carta abierta de Taxil al papa León XIII y daba, como anunciaba su cubierta, las citas textuales de la Sagrada Escritura con las refutaciones de Voltaire, Fréret, lord Bolingbroke, Toland y otros críticos.

Se divorció y volvió a casarse, y dejó París en 1899 por Sceaux, donde un informe de policía de 1902 lo muestra viviendo confortablemente con su nueva mujer y sus hijos. Siguió escribiendo bajo otros nombres: novelas licenciosas bajo el de Prosper Manin y, a partir de 1904, manuales de economía doméstica bajo el de Jeanne Savarin, entre ellos L’Art de bien acheter (El arte de comprar bien), una guía contra los fraudes alimentarios. Los editores se apartaron de él; en sus últimos años vivió modestamente y trabajó como corrector en una imprenta. En junio de 1906 explicó a una revista americana que había hecho sus relatos tan extravagantes porque contaba con que los lectores verían la broma. Murió en Sceaux el 31 de marzo de 1907, a los cincuenta y tres años; su muerte pasó casi inadvertida.

El olvido no duró. El asunto Taxil se ha convertido en el símbolo de la credulidad que había puesto al desnudo, y sigue alimentando la literatura sobre las conspiraciones y sobre la francmasonería, donde las ficciones paladistas se citan a veces como hechos hasta el día de hoy. La Biblia divertida encontró su público más amplio en la Unión Soviética: una traducción soviética, Zabávnaya Bibliya, apareció ya en 1929; la edición de Moscú de 1962 alcanzó, por sí sola, una tirada de 450 000 ejemplares, y fue reimpresa en 1965, 1976 y 1988. Umberto Eco hizo de Taxil y de Diana Vaughan personajes de su novela El cementerio de Praga (2010). La presente edición, con sus 400 ilustraciones, muestra también que el libro ha sobrevivido a su autor.

Entre sus escritos anticlericales:

À bas la calotte! (¡Abajo el clero!) (1879)

Les Soutanes grotesques (Las sotanas grotescas) (1879)

La Chasse aux corbeaux (La caza de cuervos) (1879)

Le Fils du jésuite (El hijo del jesuita) (1879)

Les Bêtises sacrées (Las tonterías sagradas) (1880)

Les Friponneries religieuses (Las bribonadas religiosas) (1880)

Plus de cafards! (¡No más santurrones!) (1880)

Calotte et calotins (Clero y clericales) (1880-1882)

Les Borgia (Los Borgia) (1881)

Les Amours secrètes de Pie IX (Los amores secretos de Pío IX) (1881)

Les Pornographes sacrés (Los pornógrafos sagrados) (1882)

La Vie de Jésus (La vida de Jesús) (1882)

La Bible amusante (La Biblia divertida) (1882) — primera edición, unas 400 páginas

Un Pape femelle (Un papa hembra) (1882)

L’Empoisonneur Léon XIII (El envenenador León XIII) (1883)

La Prostitution contemporaine (La prostitución contemporánea) (1883)

Pie IX devant l’Histoire (Pío IX ante la Historia) (1883)

Les Maîtresses du Pape (Las amantes del papa) (1884)

La Vie de Veuillot immaculé (La vida del inmaculado Veuillot) (1884)

La Bible amusante (La Biblia divertida) (1904) — edición completa, unas 814 páginas

Las dos ediciones en negrita son las fuentes del presente volumen: el texto está traducido de la edición completa de 1903-1904 (París, Librairie P. Fort); los 400 dibujos de Frid’Rick proceden de la primera edición de 1882 (París, Librairie anti-cléricale), donde están impresos en mayor tamaño (140 × 110 mm) que en la edición completa (102 × 80 mm).

Portada de la primera edición, 1882 Portada de la edición completa, 1903-1904

Los pasajes bíblicos citados aquí no siempre coincidirán palabra por palabra con su Biblia. Taxil citaba una Biblia francesa, casi siempre la versión protestante de Jean-Frédéric Ostervald (1744), y retocaba aquí y allá su formulación para el efecto cómico. Esta traducción sigue su francés tal como él lo escribió, en lugar de sustituirlo por el texto de una versión española. Capítulo y versículo le conducirán al pasaje correcto, pero las palabras diferirán a menudo de las de la Reina-Valera o de cualquier otra Biblia española, y es frecuentemente sobre esa diferencia donde descansa la broma. Donde importa, una nota editorial lo señala.

Algunos de los libros que cita no figuran en las Biblias protestantes, como la Reina-Valera, pero sí en las católicas: Tobías, Judit, la Sabiduría, los dos libros de los Macabeos, así como los capítulos 13 y 14 de Daniel, las historias de Susana y de Bel y el Dragón. Las versiones protestantes, la de Ostervald incluida, los omiten o los relegan entre los apócrifos; para esos libros, Taxil tuvo que servirse, pues, de una Biblia católica.

Convenciones de esta edición: las citas de la Biblia van en cursiva entre comillas angulares « » (el impreso de 1904 las da en redonda); las palabras que Taxil pone en cursiva van subrayadas, para que se distingan de las citas; las notas del editor, en color y entre paréntesis, son añadidos de 2026 y no forman parte del texto de 1904, como tampoco el presente capítulo. La tabla de concordancia, al final del volumen, remite a cada ilustración. La obra de Léo Taxil (1854-1907) y los dibujos de Frid’Rick están en el dominio público.

Fuentes de este capítulo. Documentos de la época: las Confessions d’un ex-libre-penseur de Taxil (1887) y su prefacio a La France maçonnique (1888); Le Diable au XIXe siècle (1892-1895); la encíclica Humanum Genus (1884) en el texto del Vaticano; su confesión del 19 de abril de 1897 tal como la imprimió Le Frondeur del 25 de abril de 1897, en la traducción inglesa íntegra publicada por la Gran Logia de la Columbia Británica y el Yukón (1997); Arthur Edward Waite, Devil-Worship in France (1896); William Vogt, La Grande Duperie du siècle (1904); y la entrevista de Taxil en el National Magazine (Boston, 1906). Estudios: Robert Rossi, Léo Taxil (1854-1907), du journalisme anticlérical à la mystification transcendante (Marsella, 2015), la biografía de referencia; Eugen Weber, Satan franc-maçon. La mystification de Léo Taxil (París, 1964); Massimo Introvigne, Enquête sur le satanisme (París, 1997); Élisabeth Ripoll, «Léo Taxil ou le feuilleton de l’anticléricalisme» (1997); Fabrice Hervieu, «Catholiques contre francs-maçons: l’affaire Léo Taxil», L’Histoire n.o 145 (1991); y «Diana Unveiled» (Free Inquiry, 2025). Las ediciones soviéticas están registradas en el Diccionario del ateísmo (Moscú, 1985) y en el catálogo de la biblioteca nacional de Moscú. La mayoría de estas fuentes se citan en los artículos de Wikipedia sobre Taxil, en francés y en inglés, y sobre las ediciones soviéticas de La Biblia divertida.


Dedicatoria al Santo Padre Infalible


Léo Taxil

Santísimo Padre,

Dicen que no está usted contento, desde el 19 de abril de este año, el vigésimo de su glorioso pontificado. El desenlace inesperado de mi alegre mistificación lo ha puesto, según aseguran, en gran cólera, como un simple père Duchesne («como un simple père Duchesne» — fr. «comme un simple père Duchesne», por alusión a Le Père Duchesne, periódico de la Revolución cuyo personaje titular era célebre por sus arrebatos de cólera y su lenguaje soez); pues saber que uno ha sido mistificado durante doce años por un librepensador escéptico es cosa eminentemente desagradable, cuando uno es el representante del Espíritu Santo, cuando uno está directa y permanentemente inspirado por el divino palomo; pero saber que esta postura ridícula es conocida del mundo entero, he ahí el colmo del desagrado, he ahí lo que veja en supremo grado. ¡Oh, papa mío, qué teja para el dogma de su infalibilidad («qué teja» — fr. «quelle tuile», en sentido figurado una desgracia repentina, como una teja que cae sobre la cabeza)!...

Un fumista de Marsella se ha pagado su venerable cabeza («fumista» — fr. «fumiste», literalmente el que instala estufas, en argot un bromista o mistificador; «se ha pagado su venerable cabeza» — fr. «se payer la tête de quelqu’un», burlarse de alguien); ¡horror! — Y había tomado sus medidas para que su fumistería acabara estallando como una bomba, con un estruendo retumbante en la prensa de los dos hemisferios; ¡maldición!

Joaquín, mi viejo Joaquín, comprendo su santa ira.

Me parece ver su mueca al leer ese divertido artículo en el que Henri Rochefort resumió tan bien la situación:

«Este santísimo padre, que ha recibido al fumista en audiencia particular, no puede negar haber estado en connivencia con él («en connivencia con él» — fr. «de mèche avec lui», expresión familiar: en complicidad secreta con alguien); sin lo cual su infalibilidad, de la que ha hecho un dogma, quedaría inmediatamente reducida a polvo.

Desde el momento en que no se percató de la jugada que se disponía a hacerle su visitante, ¿qué queda de esa luz de lo alto sobre la que descansa, a los ojos de los chochos del catolicismo, todo el poder de los sucesores de san Pedro?

Léo Taxil se ha burlado de él, pero él se burlaba de nosotros; y si el primero, durante doce años, ha hecho tragar sus patrañas a los obispos, el segundo nos hace engullir las suyas desde hace doce siglos.

O el llamado Pecci no es más infalible que usted ni yo, y no le queda sino presentar, sin demora, su dimisión como representante de un dios al que no representa en cosa alguna;

O bien, siendo infalible, se ha constituido en asociado de un bromista del que se servía para sonsacar el dinero de los adversarios de la francmasonería; en cuyo caso no quedaría más que encargar a los gendarmes que fueran a detenerlo en su palacio, por abuso de confianza y sustracción fraudulenta.»

¡Tres veces ay!, mi viejo Joaquín, he ahí el dilema que un ilustre panfletario le ha planteado, en medio de los bravos de la galería. Y de París a Nueva York, de Londres a Montevideo, la prensa universal ha repetido el dilema; y por todas partes han resonado los aplausos, por todas partes se ha reído a carcajadas de su confusión, desde todas partes se han esbozado palmos de narices, burlones, en dirección a su triple corona. ¡Y usted se preguntaba, oh decimotercero de los sagrados Leones, si no sería aquello una pesadilla!...

De pesadilla, nada. Estaba usted bien despierto, y la formidable carcajada que sacudió el globo era la irritante realidad.

Santísimo Padre, le debo un consuelo.

La ola de la impiedad crece cada día; es una verdadera marea que sube, sube sin cesar. En la querida Francia, que es la hija primogénita de la Iglesia, la enseñanza ha sido laicizada desde hace ya muchos años; de suerte que las nuevas generaciones que se crían en las escuelas del Estado no conocen ni la primera palabra de la Historia Sagrada.

En varias ocasiones he comprobado, con indecible dolor, que hay jóvenes que ignoran las edificantes aventuras de Abraham, Isaac, Jacob, José, Moisés, Josué, Gedeón, Sansón, Samuel, Booz, Saúl, David, Salomón, Elías, Eliseo, Jonás, Ezequiel, Ester, Tobías, Judit, Daniel, etc., etc. De estos nombres célebres y venerados tienen, a lo sumo, una vaga idea. A la pregunta que un digno sacerdote hizo no hace mucho: «¿Conoce usted a los Macabeos?» se le respondió: «Muy poco; solo he ido dos veces a ver la Morgue.» («los Macabeos» — fr. «les Macchabées»; «macchabée» es también argot para un cadáver; el joven creyó que el sacerdote hablaba de los muertos que se exponían en la Morgue de París, entonces abierta al público)

Semejante estado de cosas es desolador. ¿Adónde iremos, justo cielo, si se pierde el conocimiento de los piadosos episodios de la Biblia, si los escritos inspirados antaño por el divino palomo caen en el olvido?... Es hora de reaccionar, Santísimo Padre.

Por eso emprendo una nueva edición de las Sagradas Escrituras. No omitiré nada, y procuraré hacer esta lectura tan atractiva como sea posible. Ya lo verá. En mi próximo viaje a Roma solicitaré de su augusta mano una bendición especial más, para añadir a mi preciosa colección.

Si, no obstante, fiándose de mí, se digna enviarme esa bendición de primera calidad sin esperar mi visita, — Santísimo Padre, no se cohíba («no se cohíba» — fr. «ne vous gênez pas», fórmula familiar irónica: adelante, sin cumplidos).

La alegría de haberlo mistificado no disminuye en nada mi celo por la difusión de las grandes verdades eternas, que son la base de la religión sublime de la que usted es el pontífice soberano. No digo que mi Biblia Divertida contribuya mucho a afianzar la fe; pero tendrá, no obstante, una ventaja incontestable: al penetrar entre las víctimas del Estado laicizador, al hacerse leer por quienes ahora ignoran o solo conocen vagamente todas esas bellas cosas, les revelará lo que es necesario creer para tener derecho a llamarse hijo de la Iglesia católica, apostólica y romana.

Si, después de esto, algunos quieren admitir que es posible que un hombre viva tres días en el vientre de una ballena, sin hablar de los demás milagros bíblicos, me deberá usted, mi viejo Joaquín, calurosas gracias por haberle procurado reclutas inesperados.

Entonces, sin rencor por mi mistificación, ¿no es así?... Este libro lo habrá consolado, y volveremos a ser buenos amigos, como antes del 19 de abril.

Vamos, no te hagas de rogar, León. Envíame un pequeño anticipo de bendición, a vuelta de correo.

París, 20 de junio de 1897 - Léo Taxil.


CAPÍTULO 1

La creación y el paraíso terrenal


Ahora bien, enteraos, pues, de lo que el espíritu de Dios dictó a Moisés, pretendido autor sagrado, a quien se atribuye el Génesis, primer libro de la Sagrada Escritura; y comprobaréis, a cada instante, que el espíritu de Dios, a menos de ser de una ignorancia crasa, es fumista, esencialmente fumista, más fumista que el inventor de la gran maestra paladista Diana Vaughan.

Dios es de toda eternidad; pero, al comienzo de los tiempos, estaba solo en la nada. Nada existía, salvo él, que se llamaba entonces Elohim, nombre hebreo con el que lo designa el primer versículo de la Biblia; y ese nombre es un plural, lo cual es bien singular para un señor completamente solo.

Así pues, Elohim, — que es también Jehová, Sabaot, Adonaí, como veremos más adelante, — Elohim se aburría (o se aburrían) a seis francos por cabeza en medio de su caos («se aburría a seis francos por cabeza» — fr. «s’embêter à six francs par tête», expresión jocosa para aburrirse soberanamente, como si se hubiera pagado caro el privilegio); «tohu-bohu» es el término bíblico, tohu-bohu que significa lo de arriba abajo.

1. El caos.

1. El caos.

Siendo la eternidad desmesuradamente larga, maese Elohim se aburrió durante miles de millones y miles de millones de siglos. Al fin, tuvo una idea: siendo Dios, es decir, todopoderoso, juzgó que aburrirse siempre sin hacer nada sería el colmo de la tontería, y resolvió crear.

Habría podido crearlo todo de un solo golpe. Pues bien, no; más valía tomarse su tiempo, le pareció. E hizo el cielo y la tierra, o, para decirlo mejor, la materia apareció bajo el simple esfuerzo de su voluntad; una materia informe, vacía, confusa, todavía tohu-bohu («tohu-bohu» — fr. «tohu-bohu», del hebreo «tohu wa-bohu» de Génesis 1:2, «desordenada y vacía»; en francés designa un caos, un revoltijo), y llena de humedad. «Y el viento de Dios corría sobre las aguas» (textual); el lector no está obligado a comprender.

A fin de no cometer torpezas, era necesario, ante todo, ver claro; de donde se tiene derecho a concluir que, durante los mil miles de millones de siglos precedentes, este pobre papá Buen Dios estaba en la más completa oscuridad.

Afortunadamente, nunca se dio con la nariz en ninguna parte, puesto que no había nada en absoluto.

«— ¡Sea la luz!» ordenó el Eterno.

«Y la luz fue.»

¿Qué era esa luz? La Biblia no lo dice; se limita a enseñarnos esto: «Dios vio que la luz era buena». Quedó satisfecho de ella, por consiguiente. Su primer cuidado fue entonces «separar la luz de las tinieblas»; inútil, una vez más, tratar de comprender. «Y Dios llamó a la luz, Día; y a las tinieblas, Noche». — «Así fue la tarde, así fue la mañana.» Tal fue el primer día de la creación.

2. Creación de la luz

2. Creación de la luz

Después de lo cual, papá Buen Dios se ocupó de crear... adivinad qué... la extensión, o, si lo preferís, el espacio. Por poco que uno quiera reflexionar en ello, está claro que el espacio existía desde siempre, aun suponiendo una época en que no estuviera amueblado con ninguna estrella, con ningún planeta. No obstante, la extensión fue creada después de la luz, aunque «creada» sea aquí un término impropio. La Biblia, muy embrollada en su primer capítulo, nos ha enseñado, acabamos de verlo, que al principio de la creación Elohim hizo el cielo y la tierra en tohu-bohu, con materia informe y masas de aguas confusas sobre las cuales corría el viento de Dios; y he aquí cómo explica el libro sagrado esta segunda operación, la formación de la extensión: «Dios creó la extensión y separó las aguas que están encima de la extensión de las que están debajo de la extensión; y así fue.» (Génesis 1:7) Algunos comentaristas dicen que se trata de la atmósfera. En todo caso, se lee en el versículo 8: «Y Dios llamó a la extensión, Cielos. Así fue la tarde, así fue la mañana; ese fue el segundo día.»

(«la extensión» — fr. «l’étendue», donde la Reina-Valera dice «expansión» y las Biblias católicas «firmamento». La distinción importa para su chiste: en el párrafo siguiente deriva «firmamento» de la creencia de los antiguos de que el cielo era firme y sólido, de modo que su Biblia no debe emplear ya aquí esa palabra.)

Sea como fuere, de esto resulta que el Espíritu Santo le contó al autor una soberbia patraña y abusó de su ingenuidad. Esta historia de aguas encima y aguas debajo es la reproducción de un gran error de los pueblos primitivos. En efecto, todos los antiguos creían que los cielos eran algo sólido, firme, — de donde el nombre de «firmamento», — y hasta se los imaginaban de cristal, en atención a que la luz pasaba a través; y la opinión era que encima de esa placa sólida, de ese firmamento, había un inmenso depósito de agua. Hoy sabemos que la lluvia es el agua atraída, bombeada por el sol, convertida en vapores, en nubes, y que vuelve a caer luego sobre la tierra; pero antaño se creía que la lluvia venía del gran depósito superior; se suponían unas especies de ventanas que se abrían y se cerraban en la placa del firmamento y producían así las lluvias. Y esta opinión, que ahora nos hace reír, estuvo en curso durante muchísimo tiempo; es el sentir de Orígenes, de san Agustín, de san Cirilo, de san Ambrosio y de un número considerable de doctores de los primeros siglos del catolicismo. El farsante Espíritu Santo se burlaba de ellos.

3. Creación de la atmósfera.

3. Creación de la atmósfera.

En fin, pasemos. El tercer día fue empleado por papá Buen Dios en un trabajo cuyos resultados son más apreciables que los de los días precedentes. Bajó sus miradas sobre las aguas de debajo, y se dijo que sería útil reunirlas, de modo que aparecieran partes secas, es decir, continentes.

Entonces, las aguas, muy obedientes a su voluntad, se reunieron aparte, habiéndose ahondado profundidades para su amontonamiento; en cambio, se formaron alturas, erizando de montañas la superficie de la materia sólida, mientras el líquido rodaba en oleadas lentas o precipitadas hacia los nuevos abismos. «Y Dios llamó a lo seco, Tierra; llamó también al amontonamiento de las aguas, Mares. Y Dios vio que era bueno.»

4. Creación de los continentes y de los mares.

4. Creación de los continentes y de los mares.

Es de notar que papá Buen Dios estaba, las más de las veces, contento de su tarea. — ¡Nom d’une pipe! debía de decirse, ¡qué mejillón he sido al no haber creado eso antes! («¡Nom d’une pipe!» — fr. «Nom d’une pipe !», juramento francés suave, literalmente «¡nombre de una pipa!», algo así como «¡caramba!»; «mejillón» — fr. «moule», en el argot francés, persona blanda, sin carácter, un bobo)

Aquel día quedó tan satisfecho de sus continentes y de sus mares, que quiso hacer algo más antes de la caída de la noche. «Que la tierra eche su brote, dijo, a saber, hierba que lleve simiente, y árboles frutales que lleven fruto cada uno según su especie, que tengan su simiente en sí mismos sobre la tierra. Y así fue.» (Génesis 1:11)

5. Creación de los árboles y de las plantas.

5. Creación de los árboles y de las plantas.

Nunca se admirará bastante esta delicada atención del Creador. Imposible estar más lleno de precauciones que él. En efecto, uno se pregunta qué sería la tierra, si Dios la hubiera plantado de árboles frutales que llevasen cada uno frutos distintos de los de su especie. Demos gracias al paternal Elohim por no habernos dado albaricoqueros que produzcan naranjas, naranjos que produzcan manzanas, manzanos que produzcan grosellas, etc.; ya no habría manera de orientarse. ¡Ah! sí, demos gracias a Dios; ¡qué buen papá previsor!...

Habiéndole obedecido la tierra y habiendo brotado los albaricoqueros llevando albaricoques, Dios, una vez más, «vio que era bueno. Así fue la tarde, así fue la mañana; ese fue el tercer día».

¡Pero he aquí otra historia bien distinta! Tres días habían transcurrido ya con tarde y mañana, gracias a la luz creada desde el principio: solo que, cosa extraña, esa luz que desaparecía al final del día para dejar lugar a las tinieblas de la noche, esa luz iluminaba el mundo naciente, sin tener ningún foco; no más sol que en el fondo de una mina de hulla. Esta chuscada merece una cita textual de la Biblia:

«14. Luego, Dios dijo: Haya lumbreras en la extensión de los cielos, para separar la noche del día, y que sirvan de señales, y para las estaciones, y para los días, y para los años;

15. Y que sean por lumbreras en la extensión de los cielos, a fin de lucir sobre la tierra; y así fue.

16. Dios, pues, hizo dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor, para dominar sobre el día, y la menor, para dominar sobre la noche; hizo también las estrellas.

17. Y Dios las puso en la extensión de los cielos, para lucir sobre la tierra:

18. Y para dominar sobre el día y sobre la noche, y para separar la luz de las tinieblas; y Dios vio que era bueno.

19. Así fue la tarde, así fue la mañana; ese fue el cuarto día.»

6. Creación de los astros.

6. Creación de los astros.

Ningún quid pro quo, ¿no es verdad? se trata, en efecto, del sol y de la luna. Por consiguiente, según el Espíritu Santo, ¡la creación del sol vino cuatro días después de la creación de la luz! Ahora bien, el Espíritu Santo lo sabe todo, evidentemente; si no, no sería el Espíritu Santo, sino un simple imbécil. Cada vez que la ciencia hace un descubrimiento, el Espíritu Santo debe de reírse en su pico de palomo y murmurarse para sí: Yo sé eso desde toda la eternidad; ¡estos pobres pigmeos de hombres se toman gran trabajo para saber lo que es!

Pero entonces, ¿por qué el Espíritu Santo le dictó a Moisés también esta colosal tontería, a propósito de la luz y del sol?... ¡Qué farsante, decididamente!...

En efecto, hasta Olaüs Rœmer, astrónomo de Copenhague, que vivía en el siglo diecisiete (1644-1710), se creyó que el sol no produce la luz, sino que la luz existe en el espacio y que el sol no sirve más que para «empujarla»; esta falsa concepción física fue un error del mismo Descartes. A Rœmer debe la ciencia la demostración de esta importante verdad, directamente contraria al enunciado de la Biblia, a saber: la luz que alumbra nuestro mundo emana del sol y su propagación no es instantánea. El gran astrónomo danés llegó incluso a determinar exactamente la velocidad de la luz solar; estableció, y esto está mil veces probado hoy, que esa luz tarda ocho minutos dieciocho segundos en llegarnos desde el astro que es su foco, o sea una velocidad de 308.000 kilómetros por segundo. Se sabe que Rœmer fue llevado a este gran descubrimiento por la observación de los eclipses de los satélites de Júpiter, planeta que forma parte de nuestro sistema solar. Rœmer estaba entonces en Francia, y se apresuró a anunciar su descubrimiento a la Academia (Véase la Historia de la Academia, sesión del 22 de noviembre de 1675.)

Puede decirse además, con Voltaire: «Si Dios hubiera esparcido primero la luz en los aires para que fuese empujada luego por el sol, y para alumbrar el mundo, no podía ser empujada, ni alumbrar, ni ser separada de las tinieblas, ni hacer un día de la tarde a la mañana, antes de que el sol existiera; esta teoría es contraria a toda física, y a toda razón.»

Moisés, muy ignorante en astronomía, se dejó, pues, embaucar por el Espíritu Santo; porque el divino palomo sabía, en el tiempo en que fue escrito el Génesis, lo que Rœmer había de descubrir en 1675.

Se notará también la poca importancia que tienen las estrellas, en la creación según la Biblia. Las «dos grandes lumbreras» son el sol y la luna; ¡la luna! ¡que no es más que un satélite de nuestro planeta terrestre! El ignorante Génesis está muy lejos de sospechar que luna, tierra, y hasta sol, son muy poca cosa en el universo; que nuestro brillante sol, astro central del mundo que habitamos, es una modesta estrella, una de las innumerables estrellas que componen la vía láctea. El autor sagrado no ve más que la tierra y lo refiere todo a la tierra, ínfimo planeta que, en realidad, gira alrededor de una estrella de séptima magnitud; ¡y a esa estrella-sol, el mísero escritor la hace depender, astronómicamente, de su planeta!

¡Ah! el infortunado Moisés se quedaría pasmado, si resucitara en nuestros días. Me imagino qué cara pondría («qué cara pondría» — fr. «quelle tête il ferait», literalmente «qué cabeza haría»: qué cara de asombro pondría), si, viniendo a instruirse, en cualquier observatorio de Europa o de América, se enterase, por ejemplo, de lo que es Sirio, estrella de primera magnitud: Sirio, la más bella y la más brillante de las estrellas del cielo, sobre la cual el Espíritu Santo descuidó llamarle la atención; Sirio, cuya luz tarda cerca de veintidós años en llegarnos, siendo su distancia a la tierra de 52.174.000 millones de leguas, o sea 1.373.000 veces la distancia del sol a la tierra. ¿Qué diría el pobre Moisés, el día en que se le revelase la importancia prodigiosa, en el universo, de los otros mundos solares que ni siquiera sospechó?

Suponed al profesor enseñándole simplemente esto a Moisés, según Humboldt: — Aunque colocados a tan gran distancia, Sirio y nuestro sol pertenecen a la misma capa de estrellas, aislada en los espacios celestes, una isla de estrellas en el universo; y esa isla de mundos y de soles, de forma aplanada, lenticular, tiene en su eje mayor ochocientas veces la distancia de Sirio a la tierra; y, sin embargo, no es más que una pequeña capa, extremadamente delgada, si se la compara con las grandes capas, espesas y profundas, e incomparablemente más ricas en estrellas y en soles, que la rodean. — Moisés, que benévolamente creyó que la tierra es el centro del universo creado por Dios, se volvería loco con ello.

Volvamos a la creación según la Biblia:

«20. Luego, Dios dijo: Que las aguas produzcan en toda abundancia animales que se muevan y que tengan vida; y que las aves vuelen sobre la tierra, hacia la extensión de los cielos.

21. Dios creó, pues, los grandes peces, y todos los animales vivientes y que se mueven, que las aguas produjeron en toda abundancia, según su especie, y toda ave que tiene alas, según su especie; y Dios vio que era bueno.

22. Y Dios los bendijo, diciendo: Creced y multiplicaos, y llenad las aguas en los mares; y que las aves multipliquen sobre la tierra.

23. Así fue la tarde, así fue la mañana; ese fue el quinto día.

24. Luego, Dios dijo: Que la tierra produzca animales vivientes según su especie; los animales domésticos, los reptiles y las bestias de la tierra, según su especie; y así fue.

25. Dios, pues, hizo bestias de la tierra según su especie, los animales domésticos según su especie, y los reptiles de la tierra según su especie; y Dios vio que era bueno.»

7. Creación de los animales.

7. Creación de los animales.

Oui-dà («Oui-dà» — fr. «oui-dà», interjección antigua y familiar: «sí» reforzado con la partícula «da», algo como «sí, por cierto»), todo aquello era bueno, y maese Elohim, que tiene manos, se las frotaba con satisfacción. Pero quedaba todavía algo mejor que crear.

— ¡Ni uno de estos animales se me parece, y es una lástima! pensó. Tengo, sin embargo, una hermosa cabeza, el oído fino, el ojo vivo, la nariz ingeniosa, ¡y buena dentadura! Bien podría crear un espejo, en el cual me contemplaría; pero más vale, creo, contemplarme mirando a mi semejante... Vamos, está dicho; es absolutamente preciso que haya sobre la tierra un animal que tenga mi cabeza.

Mientras papá Buen Dios se hacía este razonamiento, es de presumir que diversos monos, de reciente creación, vinieron a hacer cabriolas a su alrededor.

— Tienen algo de mí, debió de decirse; pero en fin, no es eso. La casi totalidad de estas especies está adornada con una cola, y yo no tengo cola. En cuanto a los que están desprovistos de ese apéndice caudal... ¡no, tampoco es eso!...

Y los monos hacían muecas y seguían ejecutando sus miríficas cabriolas.

Entonces, papá Buen Dios tomó un bloque de tierra húmeda, y lo «amasó». — Después de esto, ¡venid a sostener que Dios es un puro espíritu y no tiene manos! — La Biblia dice también que Dios, habiendo formado al hombre, «le sopló en las narices una respiración de vida». He aquí, pues, al primer hombre amasado, y luego animado a fuerza de salivazos. Así es como «el hombre fue hecho en alma viviente». (Génesis 2:7)

8. Creación del hombre.

8. Creación del hombre.

Hay un pasaje, poco claro, del primer capítulo del Génesis, el versículo 27, que ha dado a creer a algunos comentaristas ocultistas que, en un principio, el hombre había sido creado hermafrodita, pero que Dios había cambiado luego de parecer. En efecto, solo al final del segundo capítulo se trata de la creación de la mujer; ahora bien, 25 versículos más arriba, la Biblia dice con todas sus letras: «Dios, pues, creó al hombre a su imagen; lo creó macho y hembra a la imagen de Dios.» Es este versículo, traducido literalmente del texto hebreo, el que ha dado nacimiento a la leyenda del Dios Andrógino, muy acreditada en las diversas escuelas ocultistas; y, por otra parte, siendo este versículo muy molesto, los traductores cristianos han tenido siempre cuidado de alterarlo. No obstante, sería un error atribuir demasiada importancia a esta fantasía bíblica; ¡muchos otros pasajes son todavía menos comprensibles!

Veamos más bien lo que se admite generalmente.

Desde la formación del hombre, papá Buen Dios lo constituyó rey de la creación. Le hizo inmediatamente pasar revista a todos los animales. «Porque el Eterno Dios había formado todas las bestias de la tierra y todas las aves de los cielos; luego, las había hecho venir hacia Adán, a fin de que viese cómo las nombraría, y que el nombre que Adán diese a todo animal viviente fuese su nombre.»

9. El hombre pasa revista a los animales.

9. El hombre pasa revista a los animales.

Uno se imagina ese desfile; ¡es Buffon, sin duda, quien bien habría querido estar en el lugar de Adán!

«Llenarás la tierra y la sojuzgarás, se le había dicho a Adán; dominarás sobre los peces del mar, y sobre las aves de los cielos, y sobre toda bestia que se mueve sobre la tierra.» En tanto que rey de la creación, el hombre no siempre lleva la ventaja, cuando se enfrenta a un león, con un tigre, con un oso, con un cocodrilo; he ahí lo que se puede responder. Y no solo las bestias feroces nos devoran; sino que además la humanidad es víctima de mil insectos desagradables, pulgas, chinches, escorpiones, sin hablar de los jesuitas y otras cucarachas («cucarachas» — fr. «cafards»: «cafard» significa a la vez cucaracha y persona solapada, hipócrita o beata, y ahí está la gracia de la pulla).

10. El hombre, rey de la creación.

10. El hombre, rey de la creación.

Además, Dios, que había creado a las bestias feroces que saborean el bistec humano, ordenó al hombre ser vegetariano. «He aquí: te he dado toda hierba que lleva simiente y que está sobre toda la tierra, y todo árbol que tiene en sí fruto de árbol que lleva simiente; lo cual te será para alimento.»

Finalmente, estando todo terminado — o poco menos — en la tarde del sexto día, papá Buen Dios, feliz y cada vez más satisfecho de su obra, y quizá ligeramente fatigado, inventó la siesta y dio al hombre el ejemplo del descanso descansando él mismo, el séptimo día, como un buen rentista gordo que siente la necesidad de no hacer ya nada. (Génesis 2:2)

11. El Señor descansa.

11. El Señor descansa.

«Ahora bien, el Eterno Dios había plantado un jardín en Edén, del lado del Oriente, y allí había puesto al hombre que había formado... Y un río salía de Edén, para regar el jardín, y se dividía en cuatro ríos. El nombre del primero es Pisón; es el que corre alrededor de todo el país de Havila, donde se encuentra oro; y el oro de ese país es bueno; allí también se encuentran el bdelio y la piedra de ónice. El nombre del segundo río es Gihón; es el que corre alrededor de todo el país de Cus. El nombre del tercer río es Tigris; es el que corre en el país de los asirios. Y el cuarto río es el Éufrates.» (Génesis 2:8, 10-14)

Al entrar en estos detalles, el autor del Génesis quiso dar una idea aproximada del emplazamiento del maravilloso Edén. Pero mucho mejor habría hecho en no decir nada; porque es imposible dejarse sorprender más tontamente en flagrante delito de gasconada («gasconada» — fr. «gasconnade», fanfarronada, cuento exagerado, por la fama de fanfarrones que tenían los gascones).

En efecto, todos los comentaristas concuerdan en reconocer que el Pisón es el Fasis, llamado más tarde el Araxes, río de Mingrelia, que tiene su fuente en una de las ramas más inaccesibles del Cáucaso, y, si hay en esa región oro y ónice, en cambio nadie ha podido descubrir jamás lo que había que entender por bdelio. Por otra parte, no puede haber ningún error acerca de los ríos tercero y cuarto, el Tigris y el Éufrates; de donde resulta claramente que, según el Génesis, el emplazamiento del paraíso terrenal habría estado situado en Asia, en la región del macizo del Ararat, en Armenia, aunque (primera pifia del autor sagrado) Araxes, Tigris y Éufrates, aun teniendo sus fuentes relativamente vecinas, las tienen perfectamente distintas. El Araxes, lejos de derivarse de otro río, sale del volcán Bingol-Dagh, de donde corre hacia el mar Caspio. En cuanto al Tigris y al Éufrates, no solo no provienen de un mismo río, sino que al contrario se juntan en Korna, para formar el Chat-el-Arab y arrojarse en el golfo Pérsico.

Acerca del segundo río, llamado Gihón por el Génesis, la pifia del autor sagrado es fantástica. «Es, dice, el río del país de Cus.» Ahora bien, según la versión de los Setenta y hasta la Vulgata, la tierra de Cus (hijo de Cam y padre de Nemrod) no es otra que Etiopía; por consiguiente, ese Gihón es el Nilo, que corre, no en Asia, sino en África, y precisamente en sentido opuesto al Araxes, al Tigris y al Éufrates, siendo la dirección general del curso del gran río africano de sur a norte. Si se coloca la fuente del Nilo en el Victoria-Nyanza, como se admite para no remontar más arriba, ¡hay entonces como mínimo mil ochocientas (sic: «dix-huits cents» en el original) leguas de distancia entre las fuentes de los ríos primero y segundo mencionados por el Génesis como regando el mismo jardín de Edén! Verdad es que los otros dos no tienen sus fuentes más que a sesenta leguas una de otra; lo cual ya es bonito para un jardín. Además, ¿es un jardín ese inmenso territorio erizado de picos de los más escarpados, formado por una de las regiones más impracticables del globo?...

En fin, tercera pifia, y a esta se la podría llamar: la pifia de la punta de la oreja («la pifia de la punta de la oreja» — fr. «la bévue du bout de l’oreille», por «montrer le bout de l’oreille», mostrar la punta de la oreja: delatarse, como el asno se descubre bajo la piel de león).

Los sacerdotes, ya se sabe, pretenden que la obra de Moisés es el Pentateuco, es decir, los cinco primeros libros de la Biblia: el Génesis, el Éxodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio. Pero los sabios han tenido la impiedad de hacer investigaciones, y su opinión general es que esos libros fueron fabricados por Esdras, al regreso de la cautividad de Babilonia, en el curso del siglo quinto antes de Jesucristo, mientras que Moisés, suponiendo que haya existido y admitiendo por un instante como auténticas las fechas que le conciernen, vivía mil años antes: nacimiento en el país de Gosén, en Egipto, en 1571 antes de nuestra era, y muerte en Arabia, en el monte Nebo, en 1451.

Bossuet se indignó de los trabajos de Hobbes, de Spinoza y de Richard Simon contra la autenticidad de las obras de Moisés; decir que el verdadero autor del Pentateuco es Esdras, es blasfemar, según el fogoso obispo: «¿Qué puede objetarse, exclama (Discurso sobre la Historia universal), a una tradición de tres mil años, sostenida por sus propias fuerzas y por la sucesión de las cosas? ¡Nada coherente, nada positivo, nada importante!»

Aunque ello le desagrade a Bossuet («aunque ello le desagrade a Bossuet» — fr. «n’en déplaise à Bossuet», fórmula de cortesía irónica: con perdón de Bossuet, aunque no le guste), el versículo 14 del capítulo 2 del Génesis, entre otros ejemplos, da una prueba palmaria de la superchería literaria y religiosa, y demuestra, claro como que dos y dos son cuatro, que el dicho Génesis no puede haber sido escrito por Moisés. En ese versículo es donde se dice: «El nombre del tercer río es Tigris; es el que corre en el país de los asirios.» (Génesis 2:14) Ahí está con todas sus letras. Algunos traductores han reemplazado las cuatro últimas palabras por: «hacia el Oriente de Asiria»; pero eso no cambia nada. La cuestión es esta: Moisés, muerto en 1451 antes de Jesucristo, no podía emplear las expresiones Asiria, asirios, por la buena razón de que el imperio asirio, que se extendía a la vez sobre Nínive y Babilonia y que duró hasta el siglo octavo antes de nuestra era, comenzó a existir hacia 1300, a lo sumo. Los testimonios de Heródoto y del caldeo Beroso concuerdan en este punto y han sido confirmados por los monumentos. («en el país de los asirios» — fr. «au pays des Assyriens», las cuatro palabras que cuenta Taxil. Su argumento necesita esa lectura; las Biblias españolas dicen «al oriente de Asiria», la misma variante que él descarta.)

Los importantes descubrimientos realizados desde el comienzo de nuestro siglo en la historia de los pueblos del antiguo Oriente, con la ayuda de las inscripciones en caracteres jeroglíficos y cuneiformes, no permiten ya hoy, ni siquiera en los libros más elementales, reeditar las burradas bíblicas a propósito de esta primera parte de los anales del género humano. Los resultados obtenidos por los Champollion, los de Rougé, los de Saulcy, los Mariette, los Oppert, los Rawlinson, los Lepsius, los Brugsch, etc., iluminan la historia antigua con una luz harto más cierta que las tradiciones recopiladas por el farsante Esdras.

Está establecido que el fundador del imperio asirio fue un príncipe llamado en los monumentos Ninippaloukin, el cual vivía ciento cincuenta años después de Moisés. Por otra parte, la región que fue llamada Asiria era designada, en tiempos de Moisés, bajo el nombre de imperio de los Rotennou, así como resulta de los monumentos egipcios, mencionados por Oppert y otros sabios; vemos, en efecto, en diversas inscripciones egipcias, que los reyes de la decimoctava dinastía de Egipto, contemporáneos de Moisés, llevaron sus armas a Babilonia y se hicieron pagar tributos por los Rotennou, que dominaban en Mesopotamia, en el país mismo del Tigris y del Éufrates. Si Moisés fuera el verdadero autor del Génesis, habría escrito, pues: «el Tigris, río que corre por el país de los Rotennou.»

Es verdad que los tonsurados siempre podrán respondernos: — El verdadero autor del Génesis no es más Esdras que Moisés; ¡es el Espíritu Santo! Por consiguiente, aunque la Biblia mencionase incluso San Petersburgo y Nueva York, eso no debería parecernos ilógico y no podría sorprendernos en modo alguno.

Inclinémonos, pues, y reanudemos la continuación del sagrado relato, con una alegre risa; porque este edificante Génesis no carece verdaderamente de jovialidad.

Si el lector lo tiene a bien, vamos a trasladarnos con el pensamiento a ese maravilloso jardín de Edén, donde cuatro grandes ríos procedentes de una sola fuente hacen rodar sus aguas. Nos parece ver a Adán, paseándose por su propiedad y entregándose a las dulzuras del far-niente.

He aquí cuál podría ser su monólogo:

«— Yo soy el hombre, y tengo por nombre Adán; lo que quiere decir, según parece, «tierra roja», dado que fui fabricado con arcilla, como una vulgar vasija de barro... ¿Cuál es mi edad?... Nací hace cinco días; pero, según un viejo proverbio, se tiene la edad que se aparenta. Y he aquí por qué puedo decir que en realidad nací a la edad de veintiocho años, con todos mis dientes... No; no con todos mis dientes... Me faltan todavía las muelas del juicio...

Muy bien constituido, ¿eh?... ¡Dame! («¡Dame!» — fr. «dame !», interjección francesa, contracción de «Notre-Dame», Nuestra Señora; expresa evidencia o asentimiento: «¡pues claro!», «¡naturalmente!») ¿cómo podría yo no ser un hermoso individuo, puesto que, salvo la edad y la barba, soy la copia fiel del señor Jehová, el ser más pasmosamente chic que existe en el universo?... Miradme esta salud, estos brazos robustos, estas corvas de acero, nervios como para revenderlos, y, con eso, la tez fresca... Ni el menor reumatismo... Yo digo zut a las enfermedades («digo zut a las enfermedades» — fr. «je dis zut aux maladies»; «zut!» es una interjección francesa de desdén o fastidio, algo como «¡al diablo!»)... Ni siquiera tengo que temer la viruela; papá Buen Dios me fabricó ya vacunado... ¡Así es que, cómo me trago a mí mismo!... («cómo me trago a mí mismo» — fr. «ce que je me gobe !», literalmente «lo que me trago»: estar encantado de sí mismo, tenerse en muy alta estima) y no me falta razón...

Me la paso dulce («me la paso dulce» — fr. «je me la coule douce», literalmente «me la dejo correr dulce»: vivir sin preocupaciones, darse buena vida), en esta morada encantadora... nada de portero... ningún criado, siquiera... ¡Eso sí que es una vida feliz!... Voy, vengo, recojo frutas, todas suculentas, y me atiborro de ellas a mi condenada fantasía, desafiando sin peligro la diarrea... No experimento ninguna fatiga, por largos que sean mis paseos, cuando me acuesto sobre la hierba, es por mi gusto...

El otro día, el amable señor Jehová me ofreció una distracción, de la que guardaré toda mi vida el alegre recuerdo... Todos los animales de la creación desfilaron ante mí: «El nombre que dieres a cada animal viviente será su nombre», me dijo el viejo Padre Eterno... Como atención, ¡fue gentil, eso!...

Es inaudito, lo que llegó a desfilar, ¡de animales!... Nunca hubiera creído que hubiese tantos seres vivientes... No me vi apurado para hacerles mi distribución de nombres; porque la lengua que hablo sin dificultad, y sin haber ido jamás a la escuela, es una lengua de una riqueza extraordinaria, de una abundancia de términos de la que es imposible hacerse una idea... Así, sin necesidad de buscar, conocía instantáneamente todo lo que es propio de cada animal, con solo mirarlo, y con una sola palabra expresaba todas las propiedades de cada especie, de suerte que cada nombre dado por mí es al mismo tiempo una definición completa y perfecta... Tomemos, por ejemplo, el animal que más tarde se llamará equus en latín, cheval en francés, horse en inglés, etc. Pues bien, le coloqué un nombre que expresa a ese cuadrúpedo con sus crines, su cola, su cuello, su velocidad, su fuerza... Y el ave que, en los siglos futuros, se llamará bulbo en latín, hibou en francés, owl en inglés, etc., todos esos nombres venideros no valdrán lo que el que yo imaginé y que caracteriza a la rapaz nocturna, con sus dos penachos móviles sobre la frente, su pico corto y ganchudo, su gruesa cabeza de grandes ojos redondos rodeados de un círculo completo de plumas tiesas, sus patas todas guarnecidas de plumas hasta las uñas, así como sus costumbres ariscas y salvajes, su grito monótono y lúgubre, su horror a la luz... Y así sucesivamente, para todos los animales vivientes... ¡Ah! no tiene igual, la lengua que hablo, ¡y qué triste es pensar que un día se perderá entera y para siempre!... Este pensamiento es mi único pesar... Rechacémoslo bien pronto, y no tengamos cuidado alguno.

¡Oh! esa revista general de todos los animales vivientes, eso sí que fue soberbio... Aun así, soberbio no lo dice todo; porque tuvimos una parte chistosa en el programa de la fiesta: fue la llegada de los peces... ¡Pensad, pues! este jardín está en pleno continente, nada de riberas marinas, nada más que ríos, es decir, agua dulce... Entonces, ya veis la mueca que hacían los peces de mar, al remontar el Tigris y el Éufrates para venir junto a mí; ya no estaban en su agua salada habitual, ¡y eso los fastidiaba!... De veras, era para retorcerse... Y los grandes cetáceos, ¡esos sí que estaban incómodos!... Afortunadamente, para ese día y a título excepcional, papá Buen Dios ensanchó los ríos de mi jardín; sin lo cual las diversas especies de ballenas jamás habrían podido pasar... Tan pronto como les había dado su nombre, había que verlos virar hacia atrás y precipitarse, a grandes golpes de aletas, para ganar de nuevo lo más vivamente posible su Océano... ¡Todavía me río!...

Quizá habrá gentes que no creerán esta historia... Los impíos negarán que focas del polo Norte hayan podido venir hasta Armenia, a las aguas superiores del Tigris y del Éufrates, y eso en un solo día de viaje, bajando todo el Atlántico y dando la vuelta completa al África; dirán que esos interesantes mamíferos marinos, huéspedes del océano Glacial, no han podido cambiar de elemento sin morir de ello... ¡Eh! ¡qué importa la crítica!... Palabra de honor, yo vi aquí, en este jardín de Edén, en esa circunstancia, focas y ballenas, y añado que las focas, muy contentas de haber recibido de mí un nombre, me dieron las gracias diciendo ¡papá! ¡mamá!...

Los espíritus puntillosos objetarán: «¿Y los peces de los lagos, por dónde vinieron?...» ¿Se quiere aludir al lavaret, ese delicioso pez del lago del Bourget, del que los habitantes de Aix-les-Bains hablan como de una gloria?... ¿Y la féra («lavaret» y «féra» — fr., nombres locales de dos coregonos, peces blancos de los lagos alpinos de Saboya y del Lemán), que vive exclusivamente en el lago Lemán, que muere tan pronto como se la pone en otra agua, aun dulce, que ni siquiera puede vivir en el Ródano, más acá o más allá del Lemán?... Sépase, pues: el lavaret y la féra tuvieron un permiso especial de Dios; esos dos peces lacustres vinieron, por vía aérea, a hacerme una visita al Edén... ¡Y ya está! ¡anatema a los descreídos, que no se contentarán con esta explicación!...

Y además, ¡palsambleu! («¡palsambleu!» — fr., antiguo juramento eufemístico, de «par le sang de Dieu», por la sangre de Dios) bien bueno soy de discutir estas cosas... Tanto peor para quien no me crea, cuando afirmo que vi a todos los animales vivientes, ¡vertebrados, anillados, moluscos y zoófitos!... No hay un solo insecto al que no haya dado un nombre... Pero el que más me dejó estupefacto es un gran gusano blanco, largo, plano, que salió muy suavemente de mí mismo, un feo gusano que los naturalistas futuros llamarán tenia o gusano solitario del hombre, y que no se parece a la tenia de los cerdos ni a la tenia de los carneros; este gran diablo de gusano humano, desde su salida, me hizo una profunda reverencia; le di un nombre; después de lo cual, volvió a colarse en mi casa por mi ano y retomó domicilio en mi individuo... Si hablo de ello, es para no omitir nada; pues no me sabía habitado. Aparte de eso, mi inquilino no me incomoda en modo alguno... Nada turba esta vida de cucaña que llevo desde hace cinco días...» («vida de cucaña» — fr. «vie de cocagne», del «pays de cocagne», el país de la cucaña o de Jauja, tierra imaginaria de ociosidad y abundancia)

Adán se mira en la onda límpida de la fuente, origen de los cuatro grandes ríos; luego, divisando un césped, se tiende sobre él muellemente.

— ¡Ah! ¡qué bueno es vivir así! murmura.

Pero he aquí que bosteza... se estira... una languidez desconocida se apodera gradualmente de él... ¡He aquí algo nuevo, por ejemplo!... («¡por ejemplo!» — fr. «par exemple !», exclamación francesa de sorpresa, «¡vaya!», «¡qué cosa!») Sin embargo, no siente ninguna fatiga... ¿Qué significa eso?...

No comprende nada. Sufre la misteriosa influencia, irresistible. Sus párpados se cierran. Adán duerme. Es el primer sueño del hombre.

12. Primer sueño del hombre.

12. Primer sueño del hombre.

Ahora bien, mientras Adán ronca como una peonza de Alemania («ronca como una peonza de Alemania» — fr. «ronfle comme une toupie d’Allemagne»: la peonza alemana es un trompo hueco que zumba al girar; se dice de quien ronca fuerte), papá Buen Dios desciende a la tierra.

Primero, detiene bastante largamente sus miradas en el durmiente.

— De todos modos, ¡trabajo bien, cuando me pongo a ello! dice con satisfacción. El mozo está formidablemente construido; se juraría que soy yo... cuando tenía algunos miles de millones de siglos menos.

Agachándose, le pellizca lo gordo de la pantorrilla. A esta divina chanza, Adán responde con un ronquido más sonoro aún que los precedentes.

— ¡Perfecto! continúa maese Elohim; no necesitaré insensibilizador para asegurar el éxito de mis talentos de cirujano... Veo que el sueño que envié a mi joven Adán querido era de los mejor acondicionados; se dispararía el cañón junto a él, y no se despertaría... Ahora, se trata de ponerme a la obra; porque he venido aquí para una operación de primer orden... Mientras nadie me oye, bien puedo hacer una confesión: me di cuenta esta mañana de que hay momentos en que soy un tanto bobalicón. Así, ¿dónde tenía la cabeza, cuando creé al hombre sin compañera?... Di a cada animal una hembra; al menos, no hay sino pocas excepciones a esta regla. Al gusano solitario, lo creé hermafrodita, y eso se comprende, puesto que, si fuera en pareja por los intestinos donde mora, ya no sería un gusano solitario... Pero el hombre no es una tenia, ¡nom d’une pipe!... («nom d’une pipe!» — fr., juramento eufemístico y jocoso, literalmente «¡nombre de una pipa!», deformación de «nom de Dieu», «¡nombre de Dios!»)

Es preciso, pues, que le fabrique una compañera, y he decidido hacérsela con su carne...

Papá Buen Dios dio vueltas un momento alrededor de Adán; lo palpaba, mientras emitía en voz alta sus reflexiones.

— He consultado al Palomo a este respecto («el Palomo» — fr. «le Pigeon»: así llama Taxil al Espíritu Santo, representado como paloma), continuó, y he hecho bien, porque es más listo que yo... Mi primera idea había sido cortarle un callo al querido Adán y amasar con él una mujercita... El Palomo no me aprobó; pensó que un callo sería demasiado vulgar y que los impíos podrían encontrar en ello pretexto para decir que la mujer es de baja extracción... La conclusión es que es con una costilla con lo que voy a fabricar la segunda criatura humana... ¡Vamos! es el momento, es el instante; seamos prontos y diestros como un dentista que va por su vigésima milésima operación.

Y, diciendo esto, papá Buen Dios «arrancó a Adán una de sus costillas, y cerró la carne en su lugar.» (Génesis 2:21) «Y el Eterno Dios construyó en mujer la costilla que había quitado a Adán.» (Génesis 2:22)

13. Creación de la mujer.

13. Creación de la mujer.

Oigo el grito del hombre, despertándose sobresaltado:

— ¡Ay! ¡ay!... ¡Oh! ¡là là!... ¡Acaban de quitarme uno de mis bistecs!

Y su sorpresa al ver a la linda muñeca viviente:

— ¿Qué’s lo qu’es eso?

— ¿Eso? es tu mujer, y te la presento, responde Jehová... ¡Atrévete a decir que no te hago ahí un agradable regalo!...

— El hecho es que es bonita...

— Está para comérsela... ¡Suertudo, va! («va» — fr. «va !», muletilla familiar francesa que se pospone a un apelativo y lo refuerza en tono afectuoso o burlón: «¡suertudo que eres!»)... ¡Y sin suegra!... Puedes jactarte de tener todas las suertes, muchacho.

La Biblia cuenta que Adán exclamó: «Esta vez, esta es hueso de mis huesos y carne de mi carne. Se la llamará hommesse, porque fue tomada del hombre. Por eso el hombre dejará a su padre y a su madre, y se juntará con su mujer, y serán así una misma carne.» (Génesis 2:23-24) («hommesse» — fr., voz forjada por la Biblia de Taxil a partir de «homme», hombre, algo así como «hombresa»; la Reina-Valera dice «Varona»; se conserva porque Taxil vuelve sobre la palabra más adelante)

Inútil comentar esta exclamación de Adán, recién casado. ¡Ah! ¿en qué términos galantes están puestas esas cosas?... («en qué términos galantes están puestas esas cosas» — fr. «qu’en termes galants ces choses-là sont mises», halago de Philinte a un mal soneto en «Le Misanthrope» de Molière, citado con ironía de lo que se dice de modo torpe o grosero)

En cuanto a la costilla quitada, es bueno recordar que, según la opinión de san Agustín, Dios no se la devolvió a Adán. Por consiguiente, Adán vivió así con una costilla de menos. «Era aparentemente una de sus costillas falsas, ha hecho observar Voltaire; porque la falta de una de las costillas principales hubiera sido demasiado peligrosa.»

El Génesis nos dice además (Génesis 2:25): «Ahora bien, Adán y su mujer estaban ambos desnudos, y no tenían vergüenza de ello.» Los piadosos comentaristas afirman que esta desnudez sin vergüenza alguna es una prueba de la inocencia de nuestros primeros padres; si hubieran permanecido siempre en ese pensamiento de que no hay ninguna impudicia en pasearse completamente desnudo, hubiera sido la marca de una perseverante perfección. En virtud de este razonamiento bíblico, se podría, pues, estimar como viviendo en estado de perfección a las tribus salvajes que no llevan ningún vestido, y todavía las hay: sin embargo, en la época del descubrimiento de América, los fanáticos católicos españoles masacraron en masa a tribus indígenas que vivían en bella inocencia, y los sacerdotes bendecían a los masacradores. Por otra parte, se ha observado que fue el frío lo que hizo inventar los vestidos; porque los pueblos desnudos son los que viven en las regiones más cálidas. Además, cuando todo el mundo está desnudo, nadie tiene vergüenza de estarlo: uno no se sonroja sino por vanidad; se teme mostrar una deformidad que los otros no tienen.

Lleguemos al gran asunto, a la asombrosa aventura que puso fin, ¡ay! a la felicidad de Adán y de su esposa.

«El Eterno Dios había hecho germinar de la tierra todo árbol deseable a la vista y que lleva fruto bueno para comer; y había puesto el árbol de la vida en medio del jardín de Edén, y el árbol de la ciencia del bien y del mal.» (Génesis 2:9)

«El Eterno Dios había hablado al hombre con mandamiento, diciéndole: Comerás libremente de todo árbol del jardín. Sin embargo, en cuanto al árbol de la ciencia del bien y del mal, no comerás de él; porque, el mismo día que hubieres comido de él, morirás de muerte muy ciertamente.» (Génesis 2:16-17)

14. El fruto prohibido.

14. El fruto prohibido.

Es bueno hacer observar primero que, so pretexto de resumir la Biblia, los sacerdotes han redactado para uso de los fieles ciertos pequeños manuales que llevan el título de Historia Sagrada, en los cuales tienen cuidado de pasar en silencio los pasajes de la divina Escritura que les estorban demasiado. Así, en general, no se habla a los fieles sino del famoso árbol de la ciencia del bien y del mal; veremos dentro de poco por qué los sacerdotes no dicen palabra del árbol de la vida, perfectamente distinto del otro árbol; reproduciremos el versículo 22 del capítulo 3, que siempre se omite en los libros dados a los ingenuos devotos.

Por el momento, ocupémonos solamente del árbol cuyo fruto causó la caída del hombre. Recordemos que el emperador Juliano el Filósofo, cuya memoria es tan execrada por las gentes de iglesia, se entregó, a propósito de este maravilloso árbol, a algunas observaciones llenas de sentido común. Nos parece, escribió, que el señor Dios hubiera debido, por el contrario, ordenar al hombre, su criatura, comer mucho de ese árbol de la ciencia del bien y del mal; que no solamente Dios le había dado una cabeza pensante que era necesario instruir, sino que era aún más indispensable hacerle conocer el bien y el mal, para que cumpliera sus deberes; que la prohibición era tiránica y absurda; que era cien veces peor que si se le hubiera hecho un estómago para impedirle comer.

Otra reflexión que uno no puede dejar de hacerse es que el punto de partida de la historieta prueba que el señor Jehová tenía una segunda intención y que se alegraba mucho de que el hombre pecase. En suma, Adán hubiera tenido derecho a decirle:

— Mi padrecito Elohim, si no me equivoco, el bien es lo que es moralmente bueno, lo que le agrada a usted, y el mal, en cambio, es lo que es malo, lo que le desagrada... ¿Es bien así?

— Perfectamente, hijito mío, hubiera respondido el Creador.

— Por consiguiente, hubiera continuado Adán, déjeme aprender en qué consiste el mal, a fin de que lo evite; o si no, ¿por qué haber puesto aquí este árbol, si no debo tocarlo?...

Son los curas quienes se encargan de la réplica, en lugar y vez de su raro Buen Dios.

— Dios, dicen, imponía una prueba a la humanidad naciente; quería ver si Adán le obedecería, cuando no le pedía más que una sola y muy pequeña privación.

Pero es fácil replicar a la réplica. Según los curas mismos, Dios conoce el porvenir: había previsto, pues, lo que iba a suceder; y, como nada se hace sin su voluntad, sabía perfectamente que el hombre comería del fruto del árbol en cuestión. Quería, pues, la caída de nuestros primeros padres, de eso no cabe ninguna duda.

Por lo demás, toda la continuación de la historia se vuelve contra el señor Jehová.

Veamos cómo pasaron las cosas, según el capítulo 3 del Génesis:

«1. Ahora bien, la serpiente era la más astuta de todos los animales de la tierra que el Eterno Dios había hecho; y dijo a la mujer: ¡Qué! ¿Habría dicho Dios: No comeréis de todo árbol del jardín?

2. Y la mujer respondió a la serpiente: Comemos del fruto de los árboles del jardín;

3. Pero, en cuanto al fruto del árbol que está en medio del jardín, Dios ha dicho: No comeréis de él ni lo tocaréis, no sea que muráis.

15. Eva tentada por la serpiente.

15. Eva tentada por la serpiente.

4. Entonces, la serpiente dijo a la mujer: De ningún modo moriréis;

5. Pero Dios sabe que el día que comiereis de él vuestros ojos serán abiertos, y seréis como los dioses, conociendo el bien y el mal.

6. La mujer, pues, vio que el fruto de ese árbol era bueno para comer y de aspecto agradable, y que ese árbol era deseable para dar ciencia; y tomó de su fruto y comió; y dio también de él a su marido, arrastrándolo consigo; y él comió.»

16. Desobediencia de Adán y de Eva

16. Desobediencia de Adán y de Eva

Lo que llama la atención ante todo, en este relato, es que el discurso de la serpiente, su conversación con la mujer, el hecho mismo de hablar, de expresarse en la misma lengua que nuestros primeros padres, no es dado por el autor sagrado como una cosa sobrenatural, milagrosa, ni como una alegoría. Es la serpiente misma la que el Génesis presenta; es ese reptil, desempeñando un papel de animal lleno de malicia y de astucia, quien se hace el tentador de la mujer, con una facilidad de elocución que le envidiaría un loro.

La serpiente ha sido puesta en escena tan personalmente, que, desde entonces, los curas, hallando inverosímil el episodio así contado, han juzgado necesario hacerle una corrección que lo cambia todo, pero que está en contradicción con el texto entero de este capítulo de la Biblia. Según los correctores, tan tunantes como piadosos, sería el diablo quien habría tomado la forma de la serpiente y quien habría, por medio de este subterfugio, tentado a la señora Adán; tal es la manera en que los sacerdotes han arreglado la cosa, tal es su enseñanza de hoy.

Este arreglo es una verdadera falsificación del Génesis. En primer lugar, ni una palabra del texto sagrado se presta a tal interpretación. En segundo lugar, entre los diversos autores de los libros que componen la Biblia, hay dos en total que han mencionado al diablo: el autor del libro de Job, según el cual el diablo discute un buen día con Dios, en el cielo; y el autor del libro de Tobías, que cita a un cierto demonio Asmodeo, enamorado de una llamada Sara, a quien le estrangula sucesivamente siete maridos. Ahora bien, esos dos libros vienen completamente al final de la Biblia, y, ni en estos ni en los otros, se trata del Lucifer-Satán que los católicos hacen intervenir a propósito de todo, para sazonar el interés de sus leyendas. En ninguna parte se encuentra esa aventura, sin embargo tan conocida, de Lucifer rebelándose contra Dios y vencido por el arcángel Miguel. Eso, como todo lo que se refiere al diablo, fue inventado después, no solamente mucho después de Moisés, sino incluso posteriormente a Esdras.

Por otra parte, ciertos alegres comentaristas, en realidad filósofos escépticos, se han divertido en transformar en manzano, de un simbolismo un tanto picante, el famoso árbol de la ciencia del bien y del mal; y han supuesto que este episodio significa, con palabras encubiertas, que la señora Adán, ignorando el amor, recibió la primera lección de él de un diablo seductor, metamorfoseado en serpiente para la circunstancia...

Pero aun riéndonos de esta chanza, que es una interpretación que bien vale otra, hay que meterla en el mismo cesto que la falsificación de texto imaginada por los curas. Debemos tomar la Biblia tal como es, cuando queremos examinarla seriamente: así, en la historieta de que nos ocupamos en este momento, es el animal llamado serpiente el que está en cuestión, y no un diablo cualquiera, pues los judíos no tenían diablos en su mitología antes de la época en que fueron escritos los libros de Job y de Tobías; y en cuanto a los sobreentendidos amorosos, prestados gratuitamente a la serpiente tentadora, es evidente que es imposible descubrirlos en el texto del Génesis, cuando se lo tiene ante los ojos.

Es verdaderamente la serpiente sola, personalmente, la que está en cuestión; porque el autor sagrado ve a este animal con los ojos de todos sus contemporáneos de las diversas religiones. La serpiente, en la antigüedad, pasaba en efecto por ser un animal muy astuto, muy inteligente y lleno de malicia. Varios pueblos africanos la adoraban. Por otro lado, el caso de esta serpiente que habla, caso del que el Génesis no hace un milagro, es común a la literatura oriental; todas las mitologías nacidas en Asia están llenas de animales parlantes; entre los caldeos, el pez Oannes sacaba cada día su cabeza fuera de las aguas del Éufrates, y, durante horas enteras, predicaba al pueblo acudido a las orillas, dando buenos consejos, enseñando a la vez la poesía y la agricultura. Esos tiempos en que los animales tenían el don de la palabra están bien lejanos; pero ninguna religión de Oriente tuvo su monopolio. Así pues, la serpiente bíblica habló, sin necesidad de estar habitada por un diablillo.

Por lo demás, en esta circunstancia, la serpiente fue menos astuta de lo que parece. Las patrañas de la Sagrada Escritura son de una ingenuidad extraordinaria y revientan de contradicciones. Así, se ha preguntado qué quería decir la serpiente con: «Seréis como los dioses Esta expresión, que afirma la pluralidad de los dioses, no se encuentra solamente en este pasaje del Génesis; veremos más adelante que el señor Jehová, hablando él mismo, no se considera como el único Dios. Los comentaristas católicos, embarazados por esta frase de la serpiente, han pretendido que por los dioses el reptil habrá querido decir los ángeles. Se les ha respondido que una serpiente no podía conocer a los ángeles; pero, por la misma razón, no podía conocer a los dioses. Ingenuidad, contradicción, galimatías; he ahí, en efecto, la Biblia.

¡No, no tan astuta como eso, esa serpiente!... Sus consejos eran fuertes (sic: «forts» en el original, por «fort», muy) incompletos. Una serpiente verdaderamente lista le habría dicho a la mujer: — Come del fruto prohibido, primero, y luego, inmediatamente después, no dejes de comer del fruto del árbol de la vida, que, por lo demás, te está permitido.

Y Jehová, ¿no fue la causa primera de la tentación? ¿Por qué había dado la palabra a la serpiente? Sin ese don, ésta jamás habría podido hacerse entender de la mujer.

La Biblia no nos da a conocer la conversación en el curso de la cual la señora Adán decidió a su marido a comer con ella del fruto prohibido. Afortunadamente, es fácil llenar esta laguna del autor sagrado.

Vemos a la primera mujer, cuya curiosidad ha sido picada por la serpiente, acercarse al árbol de la ciencia que está en medio del jardín, junto al árbol de la vida. Lo contempla largamente, no sin algunas vacilaciones.

— No es bonita, bonita, dice ella, esa serpiente que acaba de hablarme hace un momento; pero es, a fe mía, muy distinguida de maneras, y tiene un lenguaje encantador... El consejo que me ha dado me parece bueno de seguir; porque, verdaderamente, es muy fastidioso no saber nada... Somos, Adán y yo, como pavas («como pavas» — fr. «comme des dindes»; una «dinde», pava, es en francés una criatura tonta y crédula), ¡y podríamos ser como dioses!... Y además, es tentador, este fruto... No lo hay más hermoso en todo el vergel... Sin embargo, si la serpiente me hubiera contado un embuste, ¡eso no sería nada alegre!... ¡La vida es tan agradable!... Morder este fruto, tengo grandes ganas de ello; pero ¿y si el resultado de mi gula ha de ser morir?... Nada divertido, eso...

Da vueltas alrededor del árbol; la serpiente, escondida detrás de un matorral, sigue de lejos todos sus movimientos.

— No, no es posible que muramos por tan poca cosa... ¡Es el padre Jehová quien nos ha montado un barco!... («nos ha montado un barco» — fr. «monter un bateau à quelqu’un», contarle a uno un cuento, tomarle el pelo) Primero, pensándolo bien, le encuentro aire de cordel, a ese viejo barbón («aire de cordel» — fr. «l’air ficelle»; «ficelle», literalmente cordel, era jerga por astuto, marrullero)... mientras que la serpiente... eso sí que está bien... su cabecita, monina, tiene no sé qué expresión bonachona, con unos ojos chispeantes de ingenio... Luego, es de una lógica contundente, lo que me ha dicho... El padre Jehová tiene todo el interés en que permanezcamos ignorantes de las bellas cosas que son privilegio de los dioses... Su amenaza, debe de ser para meternos el trac («meternos el trac» — fr. «nous ficher le trac»; «trac», palabra popular francesa: el miedo repentino, el miedo escénico), eso es... No quiere que sepamos esto y aquello... ¡Oh! ¡los viejos! todos son iguales... marrulleros... contadores de tonterías... No hay que fiarse de ellos...

Arrastra uno de los bancos del jardín junto al árbol, se sube a él, y coge uno de los frutos. — Pongamos que es una manzana, puesto que la Biblia no es explícita sobre este punto y que, por lo demás, poco importa llamar a este fruto así o de otro modo. — Contempla la manzana, pasándose la lengua por los labios. La serpiente, que lo ha visto todo, se yergue sobre su cola, detrás del matorral, y baila una alegre cuadrilla. La señora Adán acerca la manzana a su boca. — A propósito, ¿cómo se come esto, este fruto?... ¿Debo pelarlo o morderlo directamente?... ¡Baste! («¡Baste!» — fr. «Baste !», vieja interjección francesa, del italiano «basta»: ¡basta!, ¡qué más da!) de una manera u otra, debe de estar bueno... Vacila todavía un poco.

— Saberlo todo o no saber nada, ¡qué alternativa!... Cuando jugamos al escondite, Adán y yo, ¿está bien o está mal?... ¡Cruel enigma!... ¿Hay que esquilar nuestras ovejas para obrar bien? ¿o se comete el mal no dejándoles la lana sobre el lomo?... Es para perder la cabeza... Y Adán, que se mete a cada momento los dedos en la nariz, ¿es que está bien o es que está mal?... Verdad de verdad, ¡no es vivir el ignorar esas cosas!...

Decidiéndose de golpe, le da un enérgico mordisco a la manzana.

— ¡Sapristi! («¡Sapristi!» — fr. «Sapristi !», juramento atenuado, deformación de «sacristi», que lo es a su vez de «sacré», sagrado) ¡qué bueno está!...

Nuevo mordisco, más enérgico todavía.

— ¡Nom d’ed’là! («Nom d’ed’là!» — juramento popular francés, deformación eufemística de «Nom de Dieu !», «¡nombre de Dios!») ¡qué bueno está!... ¡Qué gusto delicioso!... ¡Ah! ¡el viejo bribón, que me había prohibido esta golosina!...

Se acuesta en el banco, se estira en él y parece saborear aún mejor así el fruto.

Adán, llegando, hablando solo: — Para pasar el rato, acabo de pescar una fritura en el Tigris... pero, como soy vegetariano, he tirado, apenas pescada, mi fritura al Éufrates...

Divisa a su esposa.

— ¡Eh! hommesse («hommesse» — fr. «l’hommesse», «hombra»: nombre formado sobre «homme», hombre, que la Biblia francesa de Ostervald da a la mujer antes de que reciba el de Eva), ¿qué estás mordisqueando ahí?

La señora Adán, sentándose de un brinco:

¡Oh! ¡no me riñas!... Es un fruto... del árbol... ya sabes... de uno de los dos árboles del medio del jardín...

— ¡Ya lo veo, fichtre! («fichtre!» — juramento popular francés, eufemismo de «foutre»: ¡diablos!)... Es precisamente el fruto del árbol que nos está prohibido tocar... ¡Ah ça! («Ah ça!» — interjección francesa de sorpresa e indignación) ¿estás loca, mujercita mía?... Y bien, ¿y la advertencia del otro?...

— ¿El padre Jehová?... ¿el impedidor de bailar en corro? («el impedidor de bailar en corro» — fr. «l’empêcheur de danser en rond», el nombre francés del aguafiestas) Hablemos de él, ¡ah! ¡sí!... ¡Se ha pagado nuestra cabeza en los grandes premios, el viejo mono!... («se ha pagado nuestra cabeza en los grandes premios» — fr. «il s’est payé notre tête dans les grands prix»: «se payer la tête de quelqu’un», burlarse de alguien; «dans les grands prix», a lo grande)

— ¿Qué me estás cantando ahí?...

— Su amenaza de muerte... te acuerdas, ¿no es verdad?..

— ¡De seguro!... Me da frío en la espalda.

— ¡Oh! ¡la la! ¡mi ojo!... («¡mi ojo!» — fr. «mon œil !», exclamación de incredulidad: ¡ni hablar!, no me lo creo) Su amenaza, querido mío, era un truco...

— Vamos a ver, ¿bates a Jeannot, pierdes la bola? («bates a Jeannot», «pierdes la bola» — fr. «battre Jeannot» y «perdre la boule», dos viejas expresiones de jerga por volverse loco; la «boule», bola, es la cabeza)...

— Un truco, te digo... La prueba es que ya sé montones de cosas, desde que he mordido la manzana...

— ¿Sabes lo que está bien y lo que está mal?... ¿Sabes lo que hay que hacer y lo que no hay que hacer?... ¿Sabes el cómo y el porqué de todo y de todo....

— Sí, eso empieza, mi perrito verde... Mira, ya sé cuántos granos de sal hay que poner en un huevo.

— ¡No es posible!

— Sé por qué los gallos cierran los ojos al cantar...

— ¡Me dejas pasmado!... Y por qué las ranas no tienen cola, ¿lo sabes?

— Acabo de aprenderlo en este mismo instante...

— Dilo, para instruirme...

— Es porque les estorbaría para sentarse.

— ¡Ah! ¡bah!... Me tumbas de espaldas...

— Más fuerte que eso... Pues bien, sé, estoy segura, ¿me oyes bien?, estoy segura de que eres un hombrecito formal como una estampa («formal como una estampa» — fr. «sage comme une image», perfectamente juicioso y bien portado) y de que no me has hecho una sola infidelidad...

Adán está atónito.

— ¡Mil petardos! («¡Mil petardos!» — fr. «Mille pétards !», juramento burlesco) ¡ciencia sí que tiene de pronto, mi mujer!... Es verdad, con todo, que nunca le he hecho una infidelidad... ¡Saprelotte de saprelotte! («Saprelotte de saprelotte!» — juramento atenuado francés, deformación de «sacré», sagrado, redoblado aquí para dar énfasis) ¡es prodigioso!... Y si yo te hiciera una infidelidad, ¿sería eso mal o sería eso bien?...

— ¡Sería mal, señor mío!... ¡muy mal!...

Lo atrae junto a ella, sur le bi du bout du banc. («sur le bi du bout du banc» — retazo de una cantinela infantil francesa, «en el bi de la punta del banco», que significa aquí, con un guiño, sentados muy juntitos el uno al otro)

— Por lo demás, Adán de mi corazón, sólo de ti depende volverte instruido como yo, tan de prisa y a tan poca costa... Muerde la manzana...

Le tiende la manzana.

— A mí también me tienta, mujercita mía bienamada; pero ¿de qué nos servirá ser sabios como académicos, si de ello morimos hoy mismo?... Porque, en fin, hay que hacerse un razonamiento: morir dentro de mil años, en rigor, me daría igual; pero romper mi pipa hoy mismo, no, eso sería de lo más tonto... («romper mi pipa» — fr. «casser sa pipe», jerga por morir)

La señora Adán se encoge de hombros.

— No pareces creerlo, monina mía... Pero yo sé bien lo que me dijo, el viejo papá Buen Dios; fue a mí mismo a quien habló, y te aseguro que fue categórico...

Permite que te repita textualmente sus palabras: «En cuanto al árbol de la ciencia del bien y del mal, no comerás de él; porque, el mismo día que hubieres comido de él, morirás de muerte muy ciertamente»... No hay que titubear («no hay que titubear» — fr. «il n’y a pas à barguigner»; «barguigner», viejo verbo francés: regatear, vacilar), ya ves; yo tengo apego a mi piel, si tú no lo tienes al tuyo...

— Adán, Adán, me haces reír... ¿Acaso estoy muerta, di?

— No, estás bien viva... Sólo que la jornada no ha terminado; ¡cuidado con la bomba!..

— ¡Oh! ¡qué testarudos son los hombres!... ¡Puedes jactarte de tenerla, obstinación, querido mío!... Es insensato lo que tardas en comprender que el viejo rasoir se ha burlado de nosotros («el viejo rasoir» — fr. «le vieux rasoir»; «rasoir», navaja de afeitar, era jerga por un pelmazo insoportable)... Mira, acabas de citar a los académicos...

— Sí; ¿y qué?

— Los académicos... ¿son pozos de ciencia, ésos?

— Evidentemente.

— Pues bien, es porque son pozos de ciencia por lo que los académicos son inmortales... («inmortales» — a los miembros de la Academia Francesa se les llama tradicionalmente «les Immortels», los Inmortales; ahí está el chiste)

Adán está turbado por el argumento. Su esposa se pone mimosa.

— En fin, aunque sólo fuera por darme gusto, muerde la manzana, hombrecito mío querido... Cuando la hayas probado después de mí, seremos los dos como los dioses...

— ¿Como los dioses?...

— No trates de comprender... Es la serpiente quien lo ha dicho...

Adán, resuelto: — ¡Desde el momento en que es la serpiente quien lo ha dicho!... Dame, dame la manzana...

Muerde la manzana con avidez.

Pasan dos minutos en silencio; se oiría volar a un panamista. («se oiría volar a un panamista» — fr. «on entendrait voler un panamiste», retorciendo «se oiría volar una mosca»: «voler» significa volar y también robar, y los panamistas robaron al público en el escándalo de Panamá de 1892) De pronto, Adán lanza un grito; es la ciencia que le llega.

— ¡Ventre-saint-gris! («Ventre-saint-gris!» — el juramento favorito del rey Enrique IV de Francia) exclama, ¡estamos desnudos como gusanos!... ¡Bonito asunto!...

— ¡Ombligo del papa! dice a su vez la mujer, ¡ni siquiera tengo ligas!... ¡Es indecente!...

— ¡Y nosotros que tenemos que ir esta noche al baile de los orangutanes!... ¡Imposible presentarnos en sociedad con un atuendo tan descuidado!...

— ¡Pronto, pronto, hay que vestirse!...

«Y los ojos de ambos se abrieron; y, conociendo que estaban desnudos, cosieron juntas hojas de higuera y se hicieron cinturones.» (Génesis 3:7)

17. Adán y Eva tienen el sentimiento de su desnudez.

17. Adán y Eva tienen el sentimiento de su desnudez.

Nótese bien que el primer traje humano no fue de hojas de vid; la gloria de la invención de la vid estaba reservada al patriarca Noé.

Una vez así vestidos, los dos esposos se miran.

— No estamos demasiado mal con este atavío, dice el marido.

— A mí, la hoja de higuera me sienta de maravilla, dice la mujer... Estos vestidos están quizá un poco polvorientos; no han sido sacudidos desde la temporada pasada... Dame un cepillado, Adán...

Su contento no había de ser de larga duración.

«Entonces oyeron, al viento del día que sopla después del mediodía, la voz del Eterno Dios, que se paseaba (sic) por el jardín. Y Adán y su mujer se escondieron de la faz del Eterno Dios, entre los árboles del jardín.» (Génesis 3:8)

18. Adán y Eva se esconden a la llamada de Dios.

18. Adán y Eva se esconden a la llamada de Dios.

Este Jehová, se comprueba una vez más aquí, es verdaderamente un dios corporal: se pasea, habla; lo hemos visto amasar y soplar. El Génesis presenta, pues, a su Dios a la moda de todas las demás mitologías. Los diversos pueblos de la antigüedad no tuvieron, en efecto, otra idea de la divinidad; Platón pasa por ser el primero que hizo a Dios de una sustancia más o menos etérea, que no era del todo cuerpo.

Los críticos preguntan bajo qué forma se mostraba Dios a Adán, y más tarde a Caín, a los patriarcas, a los profetas, a todos aquellos a quienes habló por su propia boca. Los tonsurados responden que tenía forma humana, y que no podía darse a conocer de otro modo, habiendo creado al hombre a su imagen. Se replica que la religión israelita se parece entonces singularmente, en este punto esencial, a todas las religiones que los sacerdotes católicos estigmatizan con el nombre de paganismo; los antiguos romanos, que habían adoptado las creencias de los antiguos griegos, tampoco comprendían la divinidad sino bajo un aspecto humano. Esta observación hace añadir: en lugar de ser Dios quien hizo al hombre a su semejanza, ¿no sería más bien el hombre quien habría imaginado a Dios a su propia imagen? Pero no insistamos; porque alojar tal opinión en los sesos es condenarse a las llamas del infierno. Recordemos solamente esta maliciosa reflexión de un filósofo: si los gatos se hubieran fabricado dioses, los habrían hecho correr tras los ratones.

Detalles como los del paseo de Dios por el jardín del Edén muestran perentoriamente que no se trata en modo alguno de una alegoría mística; todo el relato del autor sagrado está en el estilo de una historia verdadera.

«9. Y el Eterno Dios llamó a Adán, y le dijo: Adán, ¿dónde estás?»

Estaba lastimoso y confuso, micer Adán, y su mujer tampoco estaba nada tranquila. Tratan de escabullirse, se esconden; pero ¡je t’en fiche! («je t’en fiche!» — fr. exclamación popular de burla que descarta una idea: ¡ni hablar!, ¡qué va!) ¿cómo escapar a la mirada divina que se cierne sobre todo?... En vano se esfuerzan los desdichados por ocultar su persona a las miradas del Altísimo; detrás de ellos, por todas partes, resuena la terrible llamada del Señor, hablando como amo poderoso, severo, y disponiéndose a castigar a su servidor, a su esclavo, que le ha desobedecido.

No hay manera de salir de este mal paso; están atrapados; van a tener que confesar la falta cometida. Corridos, balbucearán malas excusas.

«10. Adán respondió: Señor, he oído tu voz en el jardín, y he temido, porque estaba desnudo, y me he escondido.»

Helos, pues, ante el patrón, ante ese Dios que conoce el porvenir, que había previsto el accidente de la serpiente y de la manzana, y que se enfada como si no hubiera sospechado nada, como si lo que acaba de ocurrir no se hubiera producido por su omnipotente voluntad. Adán y su mujer no piensan en eso en su turbación; van a hablar el lenguaje de los escolares cogidos en falta: — Señor maestro, no fui yo quien empezó; ¡fue ella! — Señor maestro, no lo haré más, de tanto como lo siento... ¡Ah! no, seguro, no volveré a empezar, ¡puede usted creerme!...

«11. Y Dios dijo a Adán: ¿Quién te ha enseñado que estabas desnudo? Es preciso que hayas comido de lo que yo te había prohibido comer.

12. Y Adán respondió: La mujer que me diste para estar conmigo me dio del fruto del árbol, y comí de él.

13. Y Dios dijo a la mujer: ¿Por qué has hecho eso? Y la mujer respondió: La serpiente me engañó, y comí del fruto.»

Ahora, maese Elohim va a distribuir los castigos. Procede por orden, y es el que fue el primer culpable quien la pagará primero. ¡Atención!

«14. Entonces el Eterno Dios dijo a la serpiente: Por cuanto has hecho esto, serás maldita entre todos los animales y bestias de la tierra; andarás sobre tu vientre en adelante, y te alimentarás de tierra todos los días de tu vida.

15. Y pondré enemistades entre ti y la mujer, entre tus hijos y los hijos de la mujer; ellos tratarán de aplastarte la cabeza, y tú tratarás de morderlos en el talón.»

19. Dios reprocha a Adán y Eva su pecado.

19. Dios reprocha a Adán y Eva su pecado.

Este castigo infligido a la serpiente prueba, sin réplica posible, que los curas son unos cuentistas cuando, con su manía de meter al diablo en todas partes, atribuyen la tentación de la mujer al demonio, que habría tomado prestada aquel día la forma del reptil, a ese Lucifer-Satán cuyas pretendidas rebelión y derrota no se encuentran inscritas en ninguno de los libros de la Biblia. Si Satán fuera el culpable, Dios evidentemente le habría ordenado reintegrarse al instante a su domicilio infernal y le habría otorgado un suplemento de suplicio en la mansión de las tinieblas.

Ahora bien, el castigo de la tentación alcanza, única y exclusivamente, a la serpiente en tanto que animal y bestia de la tierra. Según el versículo 14 del capítulo 3, es de creer que esa dadora de consejos pérfidos era antes un animal provisto de patas; y es bien a ella a quien Dios cortó aquel día las patas, puesto que la condenó a arrastrarse en adelante, — castigo que sería de lo más injusto, si esta bestia no hubiera tenido nada que ver en el asunto. — Suponed que el abate Garnier («el abate Garnier» — Théodore Garnier, sacerdote, periodista y agitador católico de París, fundador de la Unión Nacional, adversario habitual de Taxil en los años 1890) se disfrace una buena mañana de hombre honrado, que tome el traje y se caracterice de papá Ruel, que es un filántropo, y que vaya luego bajo ese nombre a cometer estafas; ¿qué pasaría cuando al fin fuera encerrado, desenmascarado y llevado ante el tribunal correccional? ¿condenaría el tribunal a multa y prisión al buen papá Ruel? ¡No, por cierto! pronunciaría su sentencia contra el verdadero estafador, aplicaría su fallo al tal Garnier, está claro.

Los tonsurados harán bien, pues, en renunciar a su cuento azul («cuento azul» — fr. «conte bleu», cuento de hadas, patraña; por la «Bibliothèque bleue», colección popular francesa de cuentos y leyendas) de Lucifer tentador de la primera mujer; esa patraña no se tiene en pie. O si no, visto el texto sagrado, si quieren mantenerla a pesar de todo, hay que decir que el diablo fue más listo que el señor Jehová, y que éste, completamente reblandecido, no vio más que a la serpiente en todo este asunto, no divisó la menor punta de cuerno de Lucifer, y privó de patas a la inocente serpiente. ¡Mi viejo León XIII, sal de ahí!

A decir verdad, desde cualquier punto de vista que se considere este extravagante episodio, hay que reconocer que el farsante Espíritu Santo se ha burlado una vez más del piadoso autor que escribía bajo su dictado. Si es cierto que los hijos de la mujer, los humanos, tienen una aversión general por las serpientes, si es cierto que en caso de encuentro los unos tratan de bastante buena gana de aplastar la cabeza de las otras, que por su parte se defienden o atacan tratando de morder en el pie o en la pierna a aquéllos, en cambio hay una pena dictada por Dios contra las serpientes que jamás han sufrido: las serpientes no se alimentan de tierra, nunca, nunca jamás. Esta sentencia ha sido, pues, eludida, a menos que Jehová haya declarado aplicable en este punto la ley Bérenger («ley Bérenger» — fr. «loi Bérenger», la ley de 1891 que introdujo la condena condicional, o suspensión de la pena, en el derecho penal francés); en cuyo caso, la Biblia ha olvidado mencionar esa suspensión indefinida.

Pero, para saborear la mistificación del Espíritu Santo en toda su alegre burla respecto de los crédulos devotos, hay que considerar la extensión inmensa del castigo infligido a la serpiente. ¿Cuál era exactamente el ofidio tentador? La

Biblia no lo precisa; pero poco importa: es evidente que no podía ser a la vez una víbora y una culebra, o una boa y un crótalo; las especies de ofidios que viven en nuestro globo son muy numerosas. Admitamos que fue la culebra la que provocó al pecado a la señora Adán; admitamos incluso, si se quiere, que el castigo de la culebra sea razonable al extenderse a la posteridad de esta especie, y que todas las culebras del porvenir estén lógicamente privadas de patas para expiar la falta de la del Edén... Ahora bien, si la mujer no hubiera logrado arrastrar al hombre en su desobediencia, ella sola habría sido castigada, ¿no es cierto?...

Pues bien, ¡pobres serpientes! sólo la culebra fue culpable; pero he aquí que, de un mismo golpe, el áspid, la naja, la serpiente de cascabel, la cerasta, el lución, la víbora, la pitón, la cobra-capello, el rouleau, el elaps, el erpetón, el bothrops, la fer-de-lance, el atropos, el hipnale, el rhodostoma, el humbroni, el búngaro, el psammophis, el eunectes comedor de ratas, el oxirropo, la boa constrictor, el moluro, y su posteridad, han perdido sus patas y se arrastran para siempre, ¡a pesar de su incontestable inocencia!...

«16. Dios dijo luego a la mujer: Multiplicaré tus miserias y tus preñeces; y parirás con dolor; y estarás bajo la dominación de tu marido.»

Por unanimidad, los comentaristas opinan que las penas de esta sentencia apuntan no sólo a la señora Adán, sino a todas las mujeres hasta el fin del mundo.

Sin detenernos en lo que este sistema tiene de injusto o denota un Dios bastante loufoc («loufoc» — fr. «loufoque», palabra del argot parisiense: chiflado, extravagante; formada sobre «fou», loco, en la jerga de los carniceros, el «louchébem»), observaremos primero que, si la primera mujer hubiera sabido resistir a las seducciones de la serpiente, no habría parido con dolor. Antes de aquel día, estaba, pues, conformada de una manera completamente distinta de como lo estuvo en su primer parto. Por consiguiente, en un segundo, es decir en el instante mismo en que pronunció su fallo, Dios trastornó de arriba abajo el organismo de la mujer. Ya se ve: cuando el dedo de Dios se pone a ello, obra cosas asombrosas.

En segundo lugar, es bueno observar que, a pesar de esa omnipotencia, Jehová no ha logrado hacer generales las penas que dictó contra el sexo femenino: por una parte, hay muchas mujeres que paren sin dolor; por otra, las que llevan los calzones en su casa, las que llevan a su marido por la punta de la nariz, en lugar de estar bajo su dominación, ésas son legión en todas las clases de la sociedad.

«17. Luego, Dios dijo a Adán: Por cuanto has escuchado la voz de tu mujer, y has comido del fruto del árbol que yo te había prohibido comer, la tierra será maldita por causa tuya, y comerás de ella con trabajo todos los días de tu vida.

18. Y la tierra te producirá espinas y cardos; y comerás la hierba de los campos.

19. Y comerás tu pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a esa tierra de donde fuiste tomado; porque polvo eres, y al polvo volverás.»

La misma observación que arriba: el castigo de Adán debe alcanzar igualmente a todos los hombres; perfecta unanimidad de los teólogos sobre la interpretación de estos tres versículos del Génesis.

Lo más terrible de la sentencia es la condena a muerte. Verdad es que el inefable Jehová olvida lo que había decretado anteriormente, es decir que en caso de zamparse el fruto prohibido el hombre moriría de muerte el mismo día del delito (Génesis 2:17). Esta falta de memoria de papá Buen Dios le valió al condenado un aplazamiento bastante importante de la ejecución; en efecto, si hay que creer a la Biblia, Adán vivió todavía... novecientos treinta años (Génesis 5:5).

Pero si Adán no hubiera comido la manzana, nunca habría muerto, y nosotros mismos, todos, seríamos inmortales. Gentes curiosas preguntan: Entonces, ¿qué habrían hecho los hombres el día en que la tierra hubiera sido insuficiente para contenerlos? porque, habiendo recibido Adán y su mujer desde su creación la facultad de multiplicarse, forzosamente habría llegado un momento en que sus hijos y los hijos de sus hijos habrían poblado nuestro planeta de una manera exuberante.

Es evidente que este problema es insoluble. Y entonces, Dios necesitaba, en cierto modo, que Adán cometiera el pecado: la muerte aparece así como una necesidad; pero Dios tenía empeño en que el hombre se imaginara tener toda la culpa, y por eso tendió a nuestros primeros padres la trampa de la manzana y dio la palabra a la serpiente que sabía capaz de tentación. Si Dios existe tal como la Biblia lo representa, es tan exactamente eso, que la serpiente se ha vuelto muda desde aquella época, aunque la pérdida de la palabra no figure entre las penas que le fueron infligidas.

Otra observación se presenta por sí misma al espíritu, a propósito del pan que Adán y su posteridad fueron condenados a comer a fuerza de sudores. Es probable que no hubiera pan en los tiempos primitivos y que los hombres se alimentaran entonces como las tribus salvajes que existen todavía en nuestros días. Pero no seamos quisquillosos por tan poca cosa, y admitamos que el señor Jehová habló por anticipación. Los judíos, para quienes fue escrita la Biblia, comían, en efecto, pan. Ahora bien, los tonsurados nos dicen que este libro no fue escrito exclusivamente para los judíos y que es, en nombre del Espíritu Santo, la ley religiosa del mundo entero. En ese caso, uno se ve forzado a reconocer que no se come pan más que en los países donde crece el trigo: los lapones, pastores de renos y pescadores de focas, y, en general, todos los pueblos de las latitudes polares, ignoran absolutamente la existencia de la harina; en numerosas regiones de las Indias, de América, del África central y meridional, se vive de frutas y del producto de la caza. ¿Se dirá que la palabra pan fue empleada por Dios en sentido figurado y que designa toda especie de alimento? Se puede responder que el castigo tampoco es general: si los obreros se afanan para alimentarse, si cualquiera que vive de su trabajo se ve así golpeado a consecuencia de la falta de Adán, no ocurre lo mismo con los vividores de la vida que nacen ricos, millonarios por herencia. ¡Y los gordos canónigos, pues! Éstos, cuando sudan, es en verano, a causa de su grasa; ¡no es su trabajo lo que les hace regar de sudores su pan cotidiano!

El versículo 18, en particular, es muy malévolo para con la especie humana. Fuera del pan, el hombre está condenado a no comer más que la hierba de los campos, como el ganado; ¿qué le producirá la tierra? espinas y cardos. ¡El palomo nos la da buena! («nos la da buena» — fr. «nous la baille belle», literalmente «nos la da bella»: viejo modismo por contar a alguien una patraña enorme) A pesar de Dios, los hombres comen otra cosa que pan y hierba. Preguntádselo a Lúculo. O bien, ¿por qué Jehová no destruye, a golpes de rayo, los restaurantes que se permiten hacer figurar platos de carne en su carta? Inútil insistir.

Es el caso de decir que Adán habría estado bien inspirado mandando a paseo al padre Buen Dios, puesto que el paseo agrada a Jehová.

Pero he aquí lo que pasó después de pronunciado el juicio:

«20. Entonces Adán llamó a su mujer Eva, porque ella es la madre de todos los vivientes.»

El buen hombre no había pensado todavía en dar un nombre a su compañera; hasta entonces se había limitado a calificarla de hommesse («hommesse» — fr. femenino forjado sobre «homme», «hombre»; la Reina-Valera dice «Varona»), como se ha visto en el versículo 23 del capítulo 2. Lo curioso es que el nombre dado por Adán a su esposa sea precisamente un nombre hebreo; Hévah («Hévah» — fr. forma que da Taxil al nombre hebreo; las Biblias españolas lo traducen «Eva», del hebreo Jawá, «viviente») significa «la vida». De donde se tiene derecho a plantear este dilema al autor del Génesis: o la lengua de nuestros primeros padres es el hebreo, y entonces, no habiéndose perdido esa lengua, hay que tachar la historia de la torre de Babel; o Adán dio a su mujer un nombre tomado de la famosa lengua primitiva, hoy perdida, y entonces el autor sagrado cometió un desliz. En un caso como en el otro, el palomo inspirador se burló, esta vez también, del escritor.

Ahora se va a ver que Jehová no expulsó inmediatamente a Adán y Eva del paraíso terrenal, contrariamente a la opinión extendida. Primero, papá Buen Dios, encontrando demasiado sumario su traje de hojas de higuera, se improvisó sastre.

«21. Y el Eterno Dios hizo a Adán y a su mujer túnicas de pieles, y los vistió con ellas.»

Para la confección de estas vestimentas, he aquí, pues, una matanza de inocentes bestias; el matadero quedaba inaugurado por Elohim en persona. Después de eso, ¿cómo queréis que nuestros primeros padres no hayan pensado en seguida en utilizar para su alimento la carne de los animales tan prestamente inmolados y desollados? ¡Zut para el régimen de pan y hierba! («Zut» — fr. interjección familiar de fastidio o desdén: «¡al diablo!») debieron de decirse para sus adentros.

Y el señor Jehová habría dejado muy bien a Adán y Eva vivir y morir en el Edén si, algún tiempo después de haberlos vestido, no hubiera pensado en ese mirífico árbol de la vida, cuyos frutos el hombre y la mujer no habían tenido la idea de morder.

«22. Ahora bien, el Eterno Dios se dijo: He aquí, el hombre ha venido a ser como uno de nosotros (sic); conoce el bien y el mal. Pero, ahora, hay que tener cuidado de que no alargue también la mano hacia el árbol de la vida, de que no coja su fruto y coma, y de que así no viva eternamente.»

Tal es el versículo 22 que los tonsurados omiten, y con razón, en sus resúmenes de la Biblia.

Así pues, está claro, esto: nuestros dos bobos Adán y Eva, a quienes el fruto del árbol de la vida no había sido prohibido, lo descuidaron tontamente; y si el hombre y la mujer, mientras Jehová estaba ocupado en cortar sus trajes de pieles, hubieran tenido la buena inspiración de saltar sobre uno de esos frutos maravillosos y de tragárselo vivamente, ¡es el viejo juez rabioso quien habría hecho una nariz!... («habría hecho una nariz» — fr. «aurait fait un nez»: poner cara larga, quedarse chasqueado) ¡V’lan! («V’lan» — fr. onomatopeya popular de un golpe seco o de algo que ocurre de repente: «¡zas!») su sentencia se volvía de golpe inejecutable.

¿No es verdad que es graciosa, decididamente, la Santa Biblia, en cuanto se la lee de cerca?... No solo tiene la vista turbada («tiene la vista turbada» — fr. «il a la berlue», modismo popular por ver visiones, engañarse por completo), este Dios único que suelta una constatación de la existencia de varios dioses; sino que además, él, pretendido todopoderoso, confiesa, como un imbécil, su impotencia para aplicar su sentencia de condena a muerte. ¡De qué poco ha dependido, ved un poco! ¡Con presencia de espíritu, Adán y Eva se hacían inmortales, a pesar de Dios mismo!!!

¡Y cuánto debió de felicitarse el viejo Jehová de haberse acordado por fin de ese bribón de árbol de la vida!... no, decirlo no es decir nada... Seguro que se había hecho un nudo en el pañuelo. ¡Sin eso!...

«23. Y el Eterno Dios hizo salir a Adán del jardín de Edén, a fin de que labrase la tierra de la que había sido amasado.

24. Así echó al hombre; y entonces puso un Querub delante de la entrada del jardín, con una hoja de espada de fuego, que se volvía acá y allá para guardar el camino del árbol de la vida.»

20. Adán y Eva expulsados del paraíso terrenal.

20. Adán y Eva expulsados del paraíso terrenal.

No hay error, ¿verdad?... Es sin duda ese malhadado árbol de la vida lo que más preocupaba a maese Elohim. A ningún precio debían Adán y Eva poder volver a él. ¡Pero también qué condenada idea había tenido papá Buen Dios al crear ese árbol!... Veamos: con su conocimiento del porvenir, sabía de manera cierta que nuestros primeros padres pecarían y que los condenaría a muerte, a ellos y a toda la raza humana; entonces, ese árbol de la vida no podía ser para él más que un estorbo; ¡era tan sencillo no plantarlo!... He ahí un sagrado Jehová («sagrado» — fr. «sacré», que antepuesto al nombre significa «maldito, condenado»; Taxil juega con el sentido propio de «sagrado») que no haría mal en ponerse al régimen de las duchas («al régimen de las duchas» — fr. «au régime des douches»: las duchas frías eran el tratamiento clásico de los manicomios de la época); después de eso, quizá los establecimientos de hidroterapia brillen, en el cielo, por su ausencia, aunque el comienzo del Génesis nos haya enseñado la existencia de aguas superiores, situadas por encima de la extensión donde se mueven los astros... Y además, esa idea de inmovilizar a un Querub con espada flameante a la puerta del Edén, ¡eso sí que es de lo más tonto, oh! ¡sí!... Con una palabra, con un solo esfuerzo de voluntad, Dios podía aniquilar el enojoso árbol de la vida, en adelante sin razón de ser; ¡y el Todopoderoso no pensó en ello!...

En fin, pase por el Querub, ¡centinela sin garita!... Ese Querub es un plantón precioso, si el descubrimiento del Edén tienta a algún nuevo Cristóbal Colón.

Vamos, se pide un explorador de buena voluntad. Entre mis lectores, ¿alguien quiere inscribirse?... Puesto que papá Buen Dios se tomó la molestia de hacer guardar la puerta del Edén, puesto que llegó hasta tomar medidas defensivas para impedir para siempre a la humanidad entrar en el camino que lleva al árbol de la vida, es que el paraíso terrenal y el maravilloso árbol existen todavía en alguna parte. Si, explorando la región donde están las fuentes del Tigris y del Éufrates, divisamos en un camino, delante de un portal, a un Querub agitando una hoja de espada de fuego, no tendremos ninguna duda, podremos decir: ¡Ya estamos! ¡es aquí!

¡Cien mil francos de recompensa a quien encuentre al Querub!

Y ante todo, ¿qué es exactamente ese parroquiano?... «Querub» es la palabra que figura en el texto hebreo del Génesis. Esta palabra significa «un buey»; viene de charab, «labrar». En efecto, los hebreos habían guardado numerosos recuerdos de su servidumbre en Egipto, y copiaron bastante ampliamente a los egipcios en muchos usos, incluso en lo que concernía a los menudos detalles del culto; así fue como esculpieron toscamente bueyes, de los que hicieron especies de esfinges, animales compuestos, tales como los que pusieron en sus santuarios. Estas figuras tenían dos caras, una de hombre, una de buey, y alas, así como piernas de hombre y pies de buey. Hoy, los tonsurados han cambiado todo eso: de Querub han hecho Querubín, y los Querubines del nuevo culto son jóvenes ángeles mofletudos, pero sin cuerpo, que no tienen más que una cabeza de niño con dos alitas; se ven de esos ángeles chuscos en cantidad de cuadros de iglesia... Es probable que el angélico portero del paraíso terrenal no responda a estas últimas señas, y que sea, por el contrario, un Querub a la moda hebraica, con cabeza de dos caras, una de ellas de buey; lo que permitirá a nuestro explorador reconocerlo de lejos. O, si es un Querubín a la moda católica, sin cuerpo ni manos, es con los dientes con lo que debe de sostener su espada flameante, y, de esta manera también, no podrá pasar inadvertido. Pero yo me inclino por el portero de cabeza medio humana medio bovina. («portero» — fr. «pipelet», argot parisiense por «conserje», del nombre de un personaje de Los misterios de París, de Eugène Sue)

¡Ánimo, pues, a la búsqueda del Edén! ¡aviso a los aficionados!... Aunque no lográramos penetrar, la excursión será interesante; se dará, por lo menos, la vuelta al jardín, y se fijará el emplazamiento en los mapas de geografía, que, sin eso, seguirían siempre incompletos.

Entretanto, veamos ahora lo que hicieron Adán y Eva, una vez fuera del paraíso terrenal, y teniendo el conocimiento integral del bien y del mal... incluido el mal de mar. («el mal de mar» — fr. «le mal de mer»: «mal» es a la vez «el mal» y «la enfermedad», así que el mareo se cuela en el conocimiento del bien y del mal)


CAPÍTULO 2

Breve historia de los primeros hombres


La Sagrada Escritura no abunda en detalles biográficos acerca de los primeros hombres.

El capítulo cuarto del Génesis corta en seco las suposiciones de los comentaristas joviales, que han querido ver la obra de amor en la historia de la manzana, cogida por Eva, por consejo de la serpiente, y comida en común con Adán. Fue después de la expulsión del Edén cuando nuestros primeros padres se dispusieron a hacerse una posteridad. El texto de la Biblia es suficientemente explícito.

«1. Y Adán conoció a Eva su mujer, la cual entonces concibió y parió a Caín; y ella dijo: He adquirido un hombre por el Eterno.

2. Parió además a Abel su hermano. Y Abel fue pastor, y Caín fue agricultor.»

Las personas que no han profundizado el estudio de la teología y de los teólogos están a mil leguas de sospechar las extravagantes discusiones que este grave asunto de la concepción del primer bebé humano ha suscitado entre los comentaristas judíos y cristianos. A despecho del texto de arriba, los unos, no encontrándolo todavía bastante claro, y partidarios pese a todo de la obra de amor consumada en el Edén, han emitido la opinión de que Eva, apenas creada, perdió su virginidad, y de que la serpiente aprovechó, para tentarla, el momento en que Adán estaba dormido para reposar de sus fatigas conyugales. Los otros, teniendo a su cabeza a san Jerónimo, que compuso la Vulgata traduciendo directamente del hebreo, son de la opinión de que el versículo 1 del capítulo 4 del Génesis prueba que Adán nunca pensó en conocer a Eva hasta que fueron expulsados del paraíso.

¡Y las apreciaciones no se han quedado ahí!... Los teólogos que han adoptado la manera de ver de san Jerónimo se han dividido entre sí, en virtud del hermoso razonamiento que sigue: admitido que la consumación del matrimonio tuvo lugar después de la salida del Edén, no hay motivo para que haya sido en seguida, allí mismo, al instante; entonces, ¿cuándo? ¿en qué momento preciso?... Cuando uno es teólogo, quiere hurgarlo todo; esos hombres son de una curiosidad inimaginable, sobre todo en esta clase de cuestiones. Ha habido, pues, gentes que han soltado que Adán difirió quince años y hasta treinta años la operación decisiva. Otros llevan la cosa todavía más lejos y sostienen gravemente que Adán y Eva, por una resolución común y para llorar su pecado, no rompieron su continencia sino al cabo de... ¡cien años!

¿Creéis que se acabó?... ¡Ah! ¡qué poco conocéis a los teólogos! Algunos han desenterrado una tradición, en virtud de la cual Adán habría permanecido excomulgado ciento cincuenta años por haber comido del fruto prohibido, y habría vivido durante ese tiempo con una mujer que, como él, habría sido formada de la tierra y a la que llaman Lilia; añaden que engendró diablos por su comercio con esa mujer, y que por fin se casó con Eva, cuando su excomunión fue levantada, y que entonces engendró hombres. Es justo decir que esta opinión no ha prevalecido. En fin, otros comentaristas, calificados igualmente de herejes y citados por san Epifanio, han sostenido que el diablo había tenido trato con Eva como un marido con su mujer, y eso incluso después de la salida del Edén, y que había tenido de ella a Caín y Abel. He ahí, pues, compensaciones: Adán deja a Eva para hacer diablos con otra mujer, y el diablo va a buscar a Eva para hacer hombres con ella.

¿Y la cuestión de los partos de Eva?... Los queridos teólogos han encontrado en ella también una mina inagotable de controversias. Pero eso nos llevaría demasiado lejos. En último lugar, recordemos una célebre y sabia disertación del alemán Reinhardt, donde se agita la cuestión de saber si, sí o no, ¡Adán y Eva tenían ombligo!...

Todo eso son tonterías, como dice el otro. Lleguemos a lo que es serio, en atención a que lo que es serio en la Biblia no es por ello menos de morirse de risa.

Así pues, Abel fue pastor, y Caín agricultor (Génesis 4:2); y vamos a ver pronto a ese viejo chiflado de Jehová preferir a Abel antes que a Caín. Ahora bien, os ruego que reflexionéis en ello un segundo solamente: ¿cuál de los dos hijos de Adán, si os place, había obedecido a Dios en la elección de su profesión? ¡Caín, parbleu! («parbleu» — fr. juramento suavizado de «par Dieu», «por Dios») puesto que el Eterno había ordenado a la humanidad cultivar la tierra y alimentarse exclusivamente de lo que produjeran los campos, salvo transformar el trigo en pan. Abel, por su parte, se hace pastor; si guardaba y criaba rebaños de ovejas, no era evidentemente por el placer de mirarlas pacer, ensartando perlas («ensartando perlas» — fr. «enfiler des perles»: perder el tiempo en fruslerías ociosas); era, en realidad, porque apreciaba sobre todo el carnero desde el punto de vista de la pierna y de las chuletas, con que se regalaba, eso es de toda evidencia («es de toda evidencia» — fr. «cela tombe sous le sens», literalmente «eso cae bajo el sentido»: es evidente). Abel contravenía, pues, de plano las formales y recientes prescripciones divinas; ¡y fue él el consentido del señor Jehová!... Decididamente, oh curas impagables, no es en vuestros tabernáculos donde hay que encerrar a vuestro papá Buen Dios; es en una celda de Charenton. («Charenton» — el célebre manicomio, cerca de París)

«3. Y aconteció al cabo de algún tiempo que Caín ofreció en oblación al Eterno frutos de la tierra;

4. Y que Abel también ofreció de los primogénitos de su rebaño, y de su grasa. Y el Eterno estuvo contento de Abel y de sus presentes;

5. Pero no estuvo contento de Caín ni de sus presentes. Y Caín se irritó, y su rostro decayó.»

21. Ofrendas de Abel a Dios.

21. Ofrendas de Abel a Dios.

Había motivo para tomarla a mal, en efecto.

«6. Y el Eterno dijo a Caín: ¿Por qué estás enojado y por qué ha decaído tu rostro?

7. Si haces bien, ¿no será recibido? Pero, si no haces bien, la pena del pecado está a la puerta. Ahora bien, sus deseos se refieren a ti; y él estará bajo tu poder.»

22. Ofrendas de Caín.

22. Ofrendas de Caín.

La Biblia no menciona ninguna respuesta de Caín a Dios. Confieso que, si me hubiera encontrado en su lugar, el galimatías incomprensible del versículo 7 me habría dejado completamente atónito.

Caín no era profeta. Sin lo cual, dejando de lado el susodicho galimatías, habría podido responder a su interlocutor:

— ¿Conque son las ofrendas de carne las que preferís, mi viejo Jehová?... Pues bien, dais un ejemplo que será seguido por los sacrificadores paganos... Tenéis justamente los mismos gustos que tendrán los ídolos, y esos gustos serán más tarde declarados groseros e indignos de la divinidad... ¿sabéis por quién?... por los mismos sacerdotes del catolicismo.

Pero Caín no respondió nada. Ese hombre, que se había tomado tanto trabajo en llevar a buen término el cultivo de sus melones, que ofrecía al Señor sus cantalupos más suculentos y que los veía despreciados, ese hombre comprendió que Dios se burlaba de él por añadidura, y quedó tan picado que perdió por un momento la cabeza. En lugar de guardar rencor al caprichoso y descortés Jehová, cometió la falta de volverse contra su hermano.

«8. Y Caín dijo a su hermano Abel: Salgamos afuera. Y cuando estuvieron en el campo, Caín se levantó contra Abel su hermano, y lo mató.»

23. Asesinato de Abel por Caín.

23. Asesinato de Abel por Caín.

No se hizo esperar, ya se ve; Caín era un mozo expeditivo. Invita a su hermano a dar un pequeño paseo afuera; lo arrastra al campo, con un pretexto cualquiera, para buscar juntos escarabajos, por ejemplo. Una vez allí, pronto una querella de alemán, a propósito de botas («una querella de alemán, a propósito de botas» — fr. «une querelle d’allemand, à propos de bottes»: una disputa buscada por absolutamente nada); luego, un buen golpe de pico en la cabeza. ¡V’lan! ya está. Y es el consentido de papá Buen Dios quien, en la humanidad, tiene el estreno de la muerte.

Después de lo cual, ¿qué pasa en la mollera de Caín? ¿Queda anonadado ante el espectáculo de su crimen?... En absoluto. Se metamorfosea súbitamente en malvado empedernido, en carne de presidio. («carne de presidio» — fr. «gibier de bagne», literalmente «caza de presidio»: hombre destinado a trabajos forzados) No tiene el menor remordimiento, y él, hace un momento tan abatido, va a mostrarse insolente para con el señor Jehová, que no le inspirará ningún temor.

«9. Y el Eterno dijo a Caín: ¿Dónde está Abel tu hermano? Y Caín le respondió: No sé nada de eso; ¿acaso soy el guardián de mi hermano, yo?»

24. «Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?»

24. «Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?»

Uno cree ver el cuadro: papá Buen Dios apareciendo por la esquina de una nube e interpelando al asesino, y Caín que le suelta algo como ¿Y tu hermana? («¿Y tu hermana?» — fr. «Et ta sœur ?», réplica popular parisiense que significa «métete en lo tuyo») con la perfecta serenidad de un profesional del crimen, que cree haber hecho desaparecer todas las huellas del asesinato y hace un pie de nariz a los gendarmes («un pie de nariz» — fr. «un pied de nez»: gesto de burla, el pulgar en la nariz y los dedos abiertos en abanico). Ahora bien, Jehová no había perdido un detalle del drama; su ojo divino no fallaba, esta vez.

«10. Y Dios dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama desde la tierra hasta mí.»

25. La sangre de la víctima se alza contra el asesino.

25. La sangre de la víctima se alza contra el asesino.

Está claro que un castigo terrible va a punir tanta maldad y tanta desfachatez.

Veamos, pues, la continuación del discurso de Jehová:

«11. Por lo cual, ahora, ¡serás maldito aun por la tierra, que ha abierto su boca para recibir de tu mano la sangre de tu hermano!

12. Cuando labres la tierra, no te devolverá más su fruto; y serás también vagabundo y fugitivo sobre toda la tierra.»

He ahí a Caín condenado al vagabundeo, a no tener ni fuego ni lugar («ni fuego ni lugar» — fr. «ni feu ni lieu»: sin hogar ni domicilio), a caminar siempre sin poder detenerse en ninguna parte, precursor del legendario judío errante. Pero, si va a ser fugitivo sin descanso ni tregua, no será al mismo tiempo labrador, que es una profesión esencialmente sedentaria; ¿cómo se las arreglaría para labrar, aunque fuera en pura pérdida? — Si un inculpado de vagabundeo prueba al tribunal que es labrador, si establece que posee un campo y que lo cultiva, su absolución es segura; la acusación se ha derrumbado, no es vagabundo.

Ante esto, a Caín le entra la frousse («frousse» — fr. voz popular: miedo, susto), una frousse tal que pierde de vista que la humanidad se compone en total de tres personas, su padre, su madre y él mismo, y se imagina que puede ser muerto a su vez por los otros hombres, que no existen. ¡Es un bonito desarreglo cerebral, eso! Pues bien, está con todas sus letras en la Biblia.

«13. Y Caín dijo al Eterno: Mi pena es mayor de lo que puedo soportar.

14. He aquí: me has echado hoy de sobre esta tierra, y me esconderé de delante de tu faz, y seré vagabundo y fugitivo sobre toda la tierra; entonces acontecerá que cualquiera que me encuentre me matará.»

De golpe, la cólera del viejo Jehová se calma. No le perdona a Caín su condena al vagabundeo a perpetuidad; pero, perdiendo a su vez el sentido de la situación, no quiere que la pena sea agravada. Así que toma a Caín bajo su protección contra esos asesinos imposibles. ¡Si eso no es delirio, pregunto qué lo será!

«15. Y el Eterno dijo a Caín: Cualquiera que matare a Caín será castigado siete veces al doble. Y Dios puso una marca a Caín, a fin de que los que lo encontrasen no lo matasen.»

26. Caín es marcado con un signo de reprobación.

26. Caín es marcado con un signo de reprobación.

Uno espera leer ahora algún relato del vagabundeo de Caín. ¡Ah! ¡pues no, entonces! Nadie fue más sedentario que este fugitivo.

«16. Entonces, Caín salió de delante de la faz del Eterno, y vino a habitar el país de Nod, al oriente del Edén.

17. Allí, Caín conoció a su mujer, la cual concibió y parió a Enoc; y edificó una ciudad que llamó Enoc, del nombre de su hijo.»

Nos enteramos por ahí de que Caín se casó: el autor no dice con quién; pero corre de fuente («corre de fuente» — fr. «il coule de source»: se sigue con toda naturalidad, es evidente) que Adán y Eva tuvieron hijas, de las que la Biblia ha descuidado hablar, y que Caín se casó con una de sus hermanas. No le haremos de ello un crimen; el incesto fue obligatorio en los primeros tiempos de la humanidad.

Lo que más bien nos hace saltar, tan grande es nuestra sorpresa, es esa ciudad fundada por Caín. Ya es fuerte, un vagabundo que edifica una ciudad; pero ¿qué obreros tenía a su servicio? ¿de qué instrumentos se sirvieron para construir las casas? ¿y dónde, en fin, reclutó Caín ciudadanos para poblar su ciudad de Enoc?... ¡Y el farsante Espíritu Santo le hizo tragar esta buena historia al piadoso autor a quien inspiraba!... («farsante» — fr. «fumiste», literalmente «fumista», instalador de estufas; en el argot parisiense, bromista, embaucador)

Los versículos siguientes nos dan la descendencia de Caín. Enoc engendra a Irad; Irad engendra a Mehujael; Mehujael engendra a Metusael. De estos personajes no se sabe más que su nombre. Metusael engendra a un cierto Lamec, más goloso en matrimonio que sus nobles abuelos. El venerable Lamec es, en efecto, el inventor de la poligamia; se paga dos mujeres para él solo, lo que prueba que el artículo empezaba a no ser ya raro. De su mujer Ada tuvo dos hijos, llamados

Jabal y Jubal, y de su mujer Zila tuvo un hijo, Tubal-Caín, y una hija, Naama.

Parece que los hijos de Jabal prefirieron el campo a la ciudad edificada por su antepasado Caín; pues fueron los primeros en la tierra en habitar bajo tiendas (Génesis 4:20). En cuanto a los hijos de Jubal, la ciudad les gustaba, por el contrario, y fueron los más alegres de la familia; amaban la música. «Jubal fue padre de todos los que tocan el violín y el órgano.» (Génesis 4:21) Tubal-caín, por su parte, fue el Vulcano bíblico: «forjaba toda clase de instrumentos de bronce y de hierro.» (Génesis 4:22)

El polígamo Lamec parece haber alojado en su techo una araña de bastante buen tamaño («alojado en su techo una araña» — fr. «avoir une araignée au plafond», literalmente «tener una araña en el techo»: estar un poco loco, chiflado); pues el Génesis nos refiere de él un discurso que tiene la cualidad de ser corto, pero que ningún comentarista ha podido comprender jamás.

«23. Y Lamec dijo un día a Ada y a Zila, sus mujeres: Mujeres de Lamec, escuchad bien mis palabras. Mataré a un hombre, si soy herido; mataré hasta a un joven, si soy magullado.

24. Porque, si Caín había de ser vengado siete veces al doble, yo, Lamec, seré vengado setenta veces siete veces.»

Este discurso pasmó en sumo grado a las señoras Ada y Zila; quedaron, sin duda, como petrificadas y no pidieron la menor explicación. La Sagrada Escritura pasa inmediatamente a la mención del nacimiento de Set, tercer hijo de Adán.

«25. Y Adán conoció de nuevo a su mujer, la cual dio a luz un hijo y lo llamó Set; porque Dios, dijo ella, me ha dado otro hijo, en reemplazo de Abel, a quien Caín mató.

«26. Y le nació un hijo a Set, y lo llamó Enós. Fue entonces cuando se comenzó a invocar el nombre de Jehová.»

El quinto capítulo del Génesis está consagrado únicamente a dar la genealogía de Noé, descendiente de Adán por Set. El autor sagrado no se ocupa más de la descendencia de Caín.

Encontramos, pues, el orden siguiente, en el que sólo se nombra a los hijos primogénitos: Set, Enós, Cainán, Mahalaleel, Jared, Enoc, Matusalén, Lamec, Noé. Pero lo más curioso de este capítulo es la afirmación de la extraordinaria longevidad de todos estos patriarcas. Adán tenía ciento treinta años cuando tuvo a Set, y vivió todavía ochocientos años. Set murió a los novecientos doce años; Enós, a los novecientos cinco años; Cainán, a los novecientos diez años, etc. El que murió más joven fue Lamec, padre de Noé; este Lamec, que no hay que confundir con el polígamo chiflado de hace un momento, falleció en la septingentésima septuagésima séptima primavera de su edad.

Enoc, hijo de Jared, fue más listo que todos los demás; no murió, sencillamente.

«21. Enoc vivió sesenta y cinco años, y engendró entonces a Matusalén.

22. Y Enoc, después que hubo engendrado a Matusalén, se paseó con Dios durante trescientos años; y engendró hijos e hijas.

23. Todo el tiempo, pues, que Enoc vivió fue trescientos sesenta y cinco años.

24. Y Enoc, habiéndose paseado así con Dios, no apareció más, porque Dios se lo llevó.» (Génesis, cap. 5)

27. Enoc, viejo patriarca, es arrebatado al cielo.

27. Enoc, viejo patriarca, es arrebatado al cielo.

Este episodio es demasiado hermoso; cualquier comentario lo desfloraría. ¡Admiremos!

En cuanto a Matusalén, fue él quien descolgó el timbal de la longevidad («descolgó el timbal» — fr. «décrocher la timbale»: llevarse el premio; del vaso en forma de timbal que se colgaba en lo alto de la cucaña en las ferias). Tenía nervio, el buen hombre; juzgadlo. Vivió en la continencia hasta la edad de ciento ochenta y siete años, feliz época en la que se ofreció el lujo de tener un mocoso, y, después del nacimiento del joven Lamec II, halló el medio de vivir todavía setecientos ochenta y dos años, dando hasta el final pruebas de su virilidad.

28. Matusalén es padre a los ciento ochenta y siete años.

28. Matusalén es padre a los ciento ochenta y siete años.

«26. Matusalén, después que hubo engendrado a Lamec, vivió setecientos ochenta y dos años, engendrando todavía hijos e hijas.» (¡Textual!)

Total: novecientos sesenta y nueve años. ¡Excusad lo poco!... («¡Excusad lo poco!» — fr. «Excusez du peu !», fórmula irónica que subraya lo enorme de la cifra) Se tenía la vida dura («tener la vida dura» — fr. «avoir la vie dure»: ser difícil de matar, resistir mucho), en aquellos tiempos.

¿Y el padre Noé?...

«30. Lamec llamó a su hijo Noé, diciendo: Éste nos aliviará de nuestra obra y del trabajo de nuestras manos, sobre esta tierra que el Eterno ha maldecido...

33. Y Noé había pasado los quinientos años, cuando engendró a Sem, Cam y Jafet.»

¿Tener quinientos años, y sólo entonces ponerse a picotear a su mujercita («picotear» — fr. «becqueter», literalmente «picotear» como las aves; en el habla popular, besuquear, retozar)?... ¡Más vale tarde que nunca!...

Se ha hecho correr mucha tinta a propósito de la extraordinaria longevidad de los patriarcas del Génesis. Algunos doctores católicos, sintiendo cuán demasiado difíciles de digerir eran estas patrañas, han intentado salvar del ridículo los relatos del Espíritu Santo; han adelantado que quizá había que entender años por lunaciones, insinuando que en aquella época se contaba sin duda únicamente por lunas. Según esa cuenta, Matusalén habría muerto octogenario, y eso es todo. Pero estos complacientes comentaristas han sido reprendidos severamente por los rabiosos que se aferran a esos milagros de longevidad de los primeros hombres.

El canónigo Rohrbacher, entre otros, en su Historia universal de la Iglesia, declara que se trata efectivamente de años de doce meses, y cita, en particular, el ejemplo de Abraham, que, según el Génesis, «murió en una feliz vejez, siendo muy anciano y harto de días, habiendo vivido ciento setenta y cinco años» (Génesis 25:7-8). Si hubiera que contar por lunaciones,

Abraham no habría vivido, pues, más que catorce años y siete meses en total, dice Rohrbacher, y eso no concordaría con las expresiones empleadas por el autor sagrado. El mismo teólogo, para probar que los años indicados en el Génesis son verdaderamente de doce meses, cita además varios personajes cuya edad en el momento del nacimiento de su primogénito da a conocer el texto divino: Enós, Cainán, Mahalaleel engendraron a la edad de noventa, de setenta, de sesenta y cinco años; contando por lunaciones, dice Rohrbacher, ¡habría que admitir, pues, que habrían tenido hijos a la edad de siete años y medio, de cinco años y diez meses, de cinco años y cinco meses! Y Nacor, que engendró a los veintinueve años, según el texto bíblico, ¿puede creerse razonablemente, exclama el docto canónigo, que eso quiere decir que tenía en realidad dos años y cinco meses cuando tuvo su primer hijo?...

No, buen Rohrbacher, y es usted quien está en lo cierto: los años de que habla el Génesis son incontestablemente de doce meses. Así, nada hay más divertido que el caso del buen hombre Noé, que esperó a tener quinientos años bien cumplidos para hacer zizi-panpan («zizi-panpan» — fr. «faire zizi-panpan», expresión burlesca de tono infantil: hacer el amor).

Infidels